Microrrelatos

La paz de las uñas

Mis manos acarician el metal envuelto de una frialdad reminiscente. La hoja superior del objeto describe circunferencias concéntricas empujado por la acción de mis dedos, mientras que la inferior se decanta por una pasividad desafiante. El punto de unión es una afilado saliente que dibuja una sonrisa maliciosa. Al voltear la parte superior y apretarla, los labios se cierran con un mordisco que amenaza la integridad de mi piel. Los dientes del objeto mantienen una perenne voracidad.

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Microrrelatos·Vida Moderna

El mundo real

Juanín Solente viaja en cueros en el metro. Ningún pasajero advierte su desnudez, pegados éstos a las pantallas de sus teléfonos móviles. Juanín Solente medita cuál será su próximo reto, el que evidencie que a nadie le importa el mundo real. Desangrarse en una plaza concurrida bajo la atenta indiferencia parece buena idea.

Microrrelatos

El pasado siempre vuelve

El pasado siempre vuelve. Hoy, al volver a casa, me he encontrado a mi yo de dieciocho años tumbado en el sofá. Estaba famélico y apestaba a aguardiente. Tenía los pies descalzos y vestía con un saco de patatas remendado. Con lo que quedaba en la nevera, unos huevos caducados, una lata de callos en conserva y un plátano ennegrecido, le he preparado un revuelto de supervivencia.

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cuarentena·Microrrelatos

Control proverbial

El carné de identidad y el billete temblaban en mis manos. Una hilera de policías custodiaba el acceso a los andenes.

—¿Hacia dónde se dirige, caballero? —inquirió un agente con tono autoritario.

—Mmm… Eh… —comencé a titubear. ¿Cómo no haber pensado un discurso convincente? Entonces recordé una cita que había leído en el aseo de un tugurio de mala muerte—. “Nadie es dueño de su destino, sólo somos polvo en suspensión esperando echar a volar”.

—Adelante, ¡tenga buen viaje!

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Microrrelatos

San Valentín en la dehesa

Siempre había detestado San Valentín hasta que conocí a Amanda. Junto a varios centenares de ejemplares uniformes de nuestra especie, habitábamos hacinados en una granja enclavada en las profundidades de un bosque de encinas y alcornoques. Amanda era especial. Se contoneaba por la dehesa con movimientos refinados y demostraba una voracidad excepcional en otoño, durante la época de bellotas.

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Madrid·Microrrelatos

Reflejo de nieve

La nieve tiene el don de reflejar lo que somos. Al caer los copos, la muchedumbre, ávida de estímulos, corea la novedad y se echa a las calles con el propósito de consumir todo el líquido blanco antes de que otros lo agoten. Al poco tiempo, la nieve comienza a incomodar. Resbalones, coches atrapados, supermercados vacíos y la imposibilidad de pedir pizza a domicilio hacen que nuestras costumbres se tambaleen. Cuando la nieve se transforma en hielo, brota la frustración y la rabia, recordándonos que en algún momento sacrificamos la capacidad de adaptación a cambio de lavavajillas y secadora. Si de un juguete se tratara, bajaríamos al trastero y encerraríamos a la nieve para siempre. En su última fase, emerge el gusto por la autodestrucción y el bochorno, mientras participamos en sesudos debates en busca de culpables o sobre teorías que desafían la termodinámica.

Quizá los restos de nieve reflejen nuestro porvenir. En ellos sólo florece basura.

Microrrelatos

La disyuntiva

Día tras día me persigue la misma disyuntiva. Aunque no emplea técnicas de persuasión, tarde o temprano obliga a tomar una de sus dos alternativas. Algunos ya lo hicieron y ahora disfrutan o maldicen su decisión. Los primeros pasean con gesto de suficiencia. Me observan como si fuera transparente y mis palabras apenas consiguen rozarles. Los segundos se mueven atropelladamente, angustiados por la crudeza del reloj y despotricando contra su propia finitud. Se juran que un día cambiarán de decisión. Sin embargo, nadie ha podido redoblar la disyuntiva.

Paseo sobre las lindes de la disyuntiva. Me debato entre ser acunado por los brazos del cinismo o resistir y acabar devorado en cualquier callejón. Entonces, cuando estoy a punto de decidirme, me pinto la cara y me enfundo el disfraz de payaso. Me acerco al parque, me alzo sobre un banco y grito: “Hoy no voy a decidir, mañana ya veremos”. Momentáneamente, la disyuntiva desaparece.

Microrrelatos

El otro Diego Armando

Se hacía llamar Diego Armando. Lo conocí cuando era un chaval. No era una persona cualquiera, era un hombre pegado a una bota de cuero. En ella maceraba un brebaje mágico compuesto por restos de latas, botellines y cartones que encontraba por el suelo. Aunque decían que era de Chiclana, gastaba un marcado acento porteño. Paseaba por el barrio luciendo una peluca de rizos negros y un chándal roído por el tiempo y el genio. Acostumbraba a detenerse frente a las cuadrillas de chavales a pedir priva. A cambio rememoraba algunos pasajes de su célebre existencia. Narraba con emoción aquella vez en que Dios le ayudó a eliminar a Inglaterra en el Mundial. Después echaba a correr por el césped y daba un enérgico brinco para celebrar su gesta. También solía hablar de sus visitas a Fidel Castro, al que se refería como el profeta, confesando que éste era capaz de convertir el agua en vino y devolver la visión a los ciegos. Se despedía abruptamente con la excusa de que tenía que ir a entrenar a Boca o comentar un partido para la televisión.

Las últimas veces que topé con Diego Armando estaba muy venido a menos. Acompañado de su inseparable bota de cuero, se quejaba del trato que le daba la prensa, de sus desengaños amorosos y de las facturas que le estaban pasando los excesos. Repetía que sólo quería descansar y reunirse con el de arriba. Desde ayer, los dos Diego Armando corren la banda izquierda del Cielo bajo la atenta mirada de Dios.

cuarentena·Microrrelatos

Pesadillas pandémicas

Como de costumbre, salí a la calle para dirigirme al trabajo. Enseguida noté que la gente con la que me cruzaba me observaba y cuchicheaba. De repente, un desconocido se abalanzó sobre mí y me increpó: “Maldito terrorista, deberías andar preso”. En un ágil movimiento me zafé de sus enormes brazos y conseguí subir a un autobús que pasaba. Sin embargo, al verme, el conductor se alteró violentamente y no me dejó pasar. Consternado, busqué una calle donde refugiarme y pensar. Me miré en el reflejo de un escaparate y di cuenta de que no llevaba mascarilla. Quise volver a casa a toda prisa, pero ya era demasiado tarde. Diversas patrullas de policías se dirigían hacía mí cerrando cualquier escapatoria, incluido un helicóptero que exigía que me entregara. Me pudriría en la cárcel por haber olvidado la mascarilla.


En aquel momento, sentí unos golpes en la espalda y desperté. Todo había sido una horrible pesadilla. Me había quedado dormido en mitad de una reunión con unos inversores asiáticos. Era mi turno. Me levanté para intervenir y descubrí que estaba desnudo. Horrorizado, me llevé una mano a la boca y respiré aliviado. Por fortuna, llevaba mascarilla.

Microrrelatos

Fauna salvaje

Las gaviotas me observan de reojo. Son conscientes de que soy un extraño en su territorio. Sobrevuelan el mar aprovechando las corrientes de aire en búsqueda de alimento. Apenas se observan peces en la orilla. Repentinamente graznan y con disimulo se van acercando hacia mi posición. Con temor de convertirme en su presa, les pregunto qué piensan comer. Entonces, el líder de la bandada, el más longevo de todas las aves, me acerca unas monedas. Amablemente, pide que me acerque al chiringuito y les traiga papas fritas y cola fresca. La fauna salvaje ya no es lo que era.

Microrrelatos

Veranos andaluces

Los veranos andaluces son como una noria que nunca deja de girar. Desde la salida del sol hasta la puesta, busco refugio en el sofá. El abrazo de calor produce una somnolencia que empapa cualquier actividad. Intento leer el ‘Romancero gitano’ y en medio párrafo sueño que García Lorca y yo estamos brindando con rebujito sobre la barra de cualquier tugurio.

Me despierto e intento cocinar salmorejo mientras me refresco con un trago de Palo Cortado y suena ‘La leyenda del tiempo’ de Camarón. Dejo el salmorejo reposar y cuando me dispongo a engullirlo compruebo que se ha evaporado. Aun hambriento, me dejo arrastrar por la sagrada hora de la segunda siesta. Me quedo incrustado entre los cojines del diván y he de pedir un rescate a los bomberos como si fuera una ballena que ha varado en la costa.

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Microrrelatos·Vida Moderna

Vacaciones para el ego

Tengo como norma de vida no participar en juegos de azar. Sin embargo, durante el desconfinamiento hice una excepción y compré el boleto de una rifa benéfica. El objetivo era recaudar fondos para egos abandonados durante la pandemia. A los pocos días descubrí que había resultado ganador del premio: un fin de semana en un hotel de cinco estrellas en primera línea de playa con todos los gastos pagados, para mí y para mi ego.

El complejo estaba localizado en una pedanía inaccesible, cuya parada de transporte público más cercana se situaba a 15 km. Después de andar tres horas a pleno sol y disfrutar de los bocinazos de veraneantes sedientos de arena y mojitos, llegamos a destino. En la recepción no tenían constancia del premio y amablemente me invitaron a pagar o a marcharme. Sin embargo, no perdí la calma y repetí ciento treinta y siete veces “Soy el ganador de la rifa de la asociación de egos abandonados”. Finalmente, el servicio dio su brazo a torcer y me concedió el acceso a una de las habitaciones más exclusivas. Aunque hacía las veces de cuarto de mantenimiento, estaba repleta de productos de limpieza, destornilladores y alicates y el calor era asfixiante, en un lateral había un póster con las idílicas vistas a la playa en los años cincuenta.

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Relatos

Trabajos Nocturnos

Hubo una época oscura en la que no tenía trabajo ni esperanzas. Vagaba por las calles cargado de currículums, buscando algún rincón donde esparcirlos. Licenciaturas de cómo perder el tiempo, cursos de especialización en el escaqueo y una amplia experiencia en el campo de la resaca adornaban mi carta de presentación. A medida que caía la tarde, me dejaba vencer por la resignación. Abandonaba el montón de copias dentro de un contenedor y me acercaba al parque a disfrutar de las cálidas historias de vagos y maleantes.

Una noche, El Pálido, un quinqui fascinado por las novelas de Bram Stoker, me comentó que la empresa de su familia buscaba a alguien. Al haberse quedado sin dientes, El Pálido había dejado de trabajar de cara al público para ocuparse de atención al cliente. La empresa necesitaba sangre fresca para el turno de noche. Bastó un encuentro con el director, tío abuelo de El Pálido, para ser contratado. El jefe ostentaba también el título de conde. A pesar de su noble origen, el Conde era una persona cercana. Con paciencia me explicó los pormenores de mi cometido. Cada día me entregaba un listado de personas a las que debía visitar mientras dormían. Sigilosamente, me debía acercar por un costado, morderles y absorber la mayor cantidad de sangre. No era el trabajo de mi vida, pero era mejor que nada.

Tras algunos despropósitos fruto de la inexperiencia, fui mecanizando el trabajo hasta convertirme en un meticuloso e infalible chupasangre. Las largas jornadas me dejaban exhausto como para hacer otra cosa. No tenía apenas días de descanso, vacaciones y el sueldo era poco más que el mínimo. Reclamé al Conde mejores condiciones. A pesar de estar satisfecho con mi rendimiento y con el flujo de sangre conseguido, aludió a la crisis del sector y los recurrentes problemas judiciales para no satisfacerme. Con la tasa de desempleo que tenía el país, bastaba un chasquido de dedo para conseguir otro desesperado que estuviera dispuesto a succionar cuellos desconocidos a cambio de una miseria.

Así pues, me despedí del Conde y el vampirismo profesional. Por fortuna, poco después, empecé en un sector más honrado. Trabajo en una sucursal de un gran banco. Sin embargo, todavía hoy, de vez en cuando me levanto con la boca empapada de sangre.

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Relatos

Demasiada Candidez

Era aún demasiado cándido para el amor. Tenía catorce años. Mientras mis compañeros perseguían traseros, yo pensaba en jugar al fútbol y, de vez en cuando, en clases de física y matemáticas. Conforme se acercaba el 14 de febrero, una excitación embriagaba el instituto. Se formaban parejas artificiales con tal de sentirse querido por unos días. Aquel año, me tocó a mí. Sara, una de las chicas más populares, me escogió. No podía negarme. De repente, sentí que me había hecho mayor.
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