Navidad

El milagro de Santa


Preveía la Nochebuena más anodina de mi bochornosa vida. Tras una serie de desafortunados incidentes relacionados con el protocolo y la corrección, mi familia había vetado mi asistencia a la cena a cambio de las cabezas de langostinos y los huesos de cordero sobrantes. Para la cena compré una pizza precocinada y me estiré con la marca del cartón de vino. Encendí unas velas e incienso que había tomado prestado de la iglesia y de fondo puse en bucle el clásico, injustamente defenestrado, ‘Santa Claus Llegó A La Ciudad’ de Luis Miguel. Además de un chaleco reflectante y unos pantalones de licra verde, me engalané con una diadema de reno y una nariz que emitía una siniestra luz roja.


Al terminar el solitario banquete, me dirigí a participar en la Misa del Gallo. En un gesto para reivindicar la igualdad de género, me hice acompañar por la gallina más refinada de la granja. Mientras me preguntaba que qué clase de padres tenían la desfachatez de parir año tras año al mismo niño sobre un humilde pesebre y obviar la existencia de hospitales y sanidad pública, la gallina se puso a cacarear como una descosida y tuve que escapar antes de recibir la comunión. En la puerta de la iglesia presencié una inesperada aparición. Un grupo de seis galgos famélicos tiraban de una suerte de carreta destartalada que conducía un tipo vestido con un traje de franela rojo, pelo largo y barba blanca. En lugar de una generosa barriga, el cuerpo del extraño era escuálido. Al verme me saludó con un triste “¡Ho ho ho, Feliz Navidad!”, lo que me permitió contemplar que apenas tenía dientes y padecía una terrible melopea. El tipo estaba flanqueado por una bolsa de tela negra que parecía cargada. Con unas torpes señas, el extraño personaje me invitó a subir y acompañarle.
Tirado por los galgos incansables, el carromato se adentró en los barrios de la periferia. Las fogatas en barriles de gasolina, corrillos de guitarras y voces perfumadas que cantaban villancicos y algún que otro equino suelto custodiaban la entrada a los poblados olvidados por las autoridades. Mientras tanto, el supuesto Santa Claus me advertía sobre mi cometido. Al llegar a la casa señalada, Santa tomaba uno de los paquetes de la bolsa y lo entregaba a cambio de un puñado de billetes. Desde la carreta yo vigilaba el resto de la mercancía y procuraba que la cuadrilla canina se hidratara y repusiera fuerzas con un paté enriquecido en proteínas y anfetaminas.
Se atisbaban los primeros rayos de sol cuando procedimos a repartir el último regalo. Desde un extremo de la avenida empezaron a acercarse a toda velocidad varios coches de un aspecto tan moderno y limpio que resultaba difícil pensar que procedieran de la zona. Sin pensármelo dos veces, tomé a mi gallina bajo el brazo y juntos nos adentramos en las tinieblas que limitaban las chabolas. Los automóviles frenaron bruscamente a la altura del cargamento y de ellos salieron cerca de diez tipos armados que en pocos segundos dieron caza a Santa poniendo fin a su noche de desenfreno y alucinación.

Desde las hamacas de un paradisiaco resort del Mar Menor, junto a mi fiel gallina, degustando un delicioso mojito y con unos tímidos rayos de sol cubriendo mi rechoncha figura, he podido escuchar que anoche la Guardia Civil dio caza a un insólito traficante. Aparte de ir ataviado de Santa Claus y de descubrir un laboratorio con toneladas de estupefacientes, lo más sorprendente del caso es que no se requisó ni un euro. La policía sospechaba estar frente a una especie de Santa Hash, un fantástico ser que obsequia a sus clientes con mercancía gratuita en Nochebuena. “Es la magia del espíritu navideño, que también se apodera de los narcotraficantes”, aseguraba el jefe de policía. Mientras recontaba el aguinaldo que me había llevado de Santa Hash, no podía disimular mi satisfacción al haber contribuido al alumbramiento de tan extraordinario milagro.

Navidad

Falaz Navidad

Descubrir una mentira es doloroso, pero con el tiempo se convierte en necesario y reparador. No solemos estar preparados para tolerar el engaño, asumir la falacia o convivir con la ira o el rencor. Cuanto mejor construido esté el embuste, más traumático se convierte el proceso para asumir la verdad. Hay mentiras que son piadosas, otras que son un reguero de pólvora esperando mecha y algunas sumamente resistentes e impenetrables. Cuando un niño forma parte de la ecuación, todos sus elementos se vuelven más sensibles y la capacidad de destrucción se torna imprevisible.

Tenía siete años cuando descubrí que la Navidad que celebrábamos en casa era una farsa que se sustentaba sobre otra farsa aún mayor: mi vida. Hacía ya un tiempo que mi padre, del cual apenas conservaba recuerdos, había decidido recoger sus cosas y huir. Mi madre no pareció darle mayor trascendencia y actuó como si nada hubiera ocurrido. En realidad, no creo que el abandono de mi padre le pillara por sorpresa e intuyo que quizá le supusiera cierto alivio. A mis preguntas sobre su paradero y cuándo volvería, mi madre contestaba que estaba trabajando y que tal vez algún día regresara.
No sé si tuve una infancia que se pudiera catalogar como normal, pues es éste un concepto muy relativo. Es difícil que Tarzán o Mowgli fueran conscientes de que su infancia era cuanto menos peculiar. Yo por mi parte, era un niño bastante tranquilo, responsable y obediente. Recuerdo, como particularidad, que pasaba mucho tiempo solo en casa cuando mi madre salía a trabajar. Para entretenerme en mis tardes y noches de soledad, ella bajaba al videoclub y alquilaba algún VHS. Los que más me fascinaban eran los documentales de animales salvajes. Entre ellos, me impactaron los de leones en la selva amazónica, el despiadado ataque del tiburón blanco o el apareamiento entre osos polares del Ártico. Los comportamientos de las bestias son tan sencillos que se convierten en la mejor fuente para un niño en pos de descifrar a los adultos.
Otras veces, mi madre optaba por dejarme en casa de alguno de sus variopintos amigos, sobre todo cuando hacía el turno de noche. Aún recuerdo a Katerina, una joven búlgara que apenas sabía hablar nuestro idioma, quien compartía un piso cochambroso con otras chicas del Este y que siempre preparaba para cenar gyuvech, una especie de estofado con carne y verduras. También me acuerdo de Baakir, un senegalés muy divertido, de enormes proporciones que se pasaba las madrugadas escuchando música reggae y fumando hierba.
En casa siempre tuvimos de todo. Mi madre tenía la intención, que con el tiempo se convertiría en obsesión, de que a su niño no le faltara de nada. Siempre vestí con ropa de marca, tuve las zapatillas de jugar a fútbol más brillantes, juguetes de todo tipo y un elenco de aparatos electrónicos que me convertían en la envidia de todo el colegio. Incluso llegamos a mudarnos a un amplio chalet con piscina y jardín. A todas luces hubiera parecido extraño que una camarera pudiera disfrutar de una vida tan holgada, pero aún mi inocencia no me permitía albergar sospecha.
Dentro de la obsesión de mi madre, las navidades suponían una gran oportunidad para demostrar su prosperidad y el amor desaforado por su niño. La cena de Nochebuena congregaba a toda su fauna de colegas, con Katerina y sus compañeras a la cabeza, además de Baakir, caracterizado como si fuera el príncipe de una tribu bereber, junto a otros personajes y sus respectivas extravagancias. Mis abuelos, tíos u otros familiares no estaban invitados. En la mesa no faltaban gambas frescas, salmón ahumado, anchoas de Santoña y pata de cordero al horno. El festín era convenientemente regado con botellas de vino y champán como antesala de una fiesta que se prolongaba hasta el amanecer. Al despertar encontraba a algunos de los asistentes dormitando o en estado de descomposición sobre el suelo o la bañera.
Otro de los grandes acontecimientos en casa era la noche de reyes. Mi madre vigilaba con recelo mi redacción de la carta y sugería algunas correcciones. Si pedía un Atlas de National Geographic y un documental sobre orangutanes de Indonesia, ella le añadía una bicicleta, una consola y un walkman. No satisfecha, durante la mágica noche, hacían acto de aparición sus majestades Melchor, Gaspar y Baltasar a colmarme de atenciones y regalos. Todavía conservo algunas fotos en las que se me aprecia en estado de alucinación por tal deslumbrante experiencia.
Sin embargo, la noche de reyes de mis siete años fue la última y más dolorosa. Después de que los reyes me regalaran una televisión para mi habitación, un coche teledirigido y una videoconsola de bolsillo, me fui a la cama por orden de mi madre. Entre las sábanas, me dispuse a convertirme en un gran entrenador Pokémon, que era un mundo que me daba bastante igual. Aun así, experimenté gran curiosidad por todos esos monstruos que luchaban entre sí y aquel niño que viajaba alrededor de un mundo ficticio para enfrentarse con otros entrenadores. Entonces, interrumpieron unos alaridos salvajes que procedían de la habitación materna. Al abrir la puerta, como si se tratara de una escena del documental sobre el apareamiento de osos polares, encontré a Baakir ataviado con la capa de Baltasar mientras mi madre le practicaba una felación. Al otro lado, ubicado tras las nalgas, agitaba violentamente sus caderas el mismísimo Gaspar, a quien no logré identificar. Mi madre saltó como un resorte de la cama y me llevó a mi cuarto entre empujones. La imagen que acababa de presenciar se repitió en mi cabeza durante toda la noche.
Al tiempo, mi madre decidió cambiar de vida y comenzó a trabajar en un supermercado despachando pescado. Nos mudamos a un pequeño piso de un barrio humilde, donde las paredes olían a humedad y los electrodomésticos dejaban de funcionar espontáneamente. También dejé de frecuentar las casas de Baakir y Katerina. Nunca más supe de ellos. En la Navidad siguiente, el solomillo fue el plato estrella de la cena de Nochebuena. No hubo noche de reyes y a la mañana recibí una enciclopedia desgastada de manos de mi madre. Nunca un regalo me ha hecho tanta ilusión.

Navidad

El Belén De 1992

En casa del niño Jesús, la Navidad solía ser una festividad sagrada literal y metafóricamente. Sus padres, María y José, se encargaban con sumo recelo de hasta el más pequeño de los preparativos. Desde noviembre hasta enero, el salón de su casa se transformaba en una recreación fidedigna del tradicional portal de Belén. No faltaba el pesebre, las balas de paja, la chimenea, el pozo, el río, el puente y los establos con ovejas, así como la icónica pareja que conformaban la mula y el buey. Al inicio los animales eran de carne y hueso, pero en cierto momento José se resignó a sustituirlos por réplicas de mármol ante las constantes quejas de los vecinos por los balidos, mugidos, bufidos, olores y hasta apareamientos entre ellos.

Cada veinticuatro de diciembre, José, María y Jesús pasaban la Nochebuena emulando el divino periplo que sus tocayos emprendieron hacia Belén, tal y como relataban las sagradas escrituras, además del icónico nacimiento del Mesías. Se ataviaban de los ropajes de la época e invitaban a otros familiares y amigos a hacer las veces de pastores, Reyes Magos, ángeles, Herodes y sus soldados. El papel del rey de Judea solía recaer en el tío Benito, quien exageraba su carácter tirano en el objetivo de apresar al recién nacido, debido a un exceso en el consumo de anís para disgusto de María y José. Más tarde la familia cantaba villancicos, acudía a misa del gallo y aguardaba con ilusión las siguientes navidades. Jesús, aún bien pequeño, le maravillaba profundamente la Navidad, podía sentir la cercanía casi física de aquel Dios al que adoraba.
Sin embargo, la Navidad de 1992 marcó un inolvidable punto de inflexión. En general aquel año supuso un antes y un después para un país atrasado que se lanzaba a la desesperada hacia la modernidad. Juegos Olímpicos, trenes de alta velocidad y exposiciones universales supusieron una transformación sin precedentes. Un proceso similar al que se había desencadenado internamente en Jesús por entonces, incentivado por el paso al instituto, las primeras espinillas, el descubrimiento del onanismo, la aparición de vello por todo el cuerpo y la disolución de su grupo de rock cristiano, donde cantaba y tocaba la guitarra solista, pues el batería y el bajista se habían marchado a una banda de metal budista.
Jesús era por entonces un chico muy despierto, de los alumnos más brillantes de su clase, un prodigio para el álgebra, pero también para la retórica y los idiomas. También poseía una curiosidad incontrolable. Por medio de un primo mayor, cayó en sus manos un libro titulado Las Religiones Te Comen El Tarro, un ensayo visceral que cuestionaba el papel que habían tenido las creencias religiosas en la historia de la humanidad. Aunque aquella obra tuviera una mirada superficial y una latente falta de rigor, Jesús comenzó a familiarizarse con una serie de ideas y argumentos muy contrarios a los que había escuchado en casa. A raíz de otras lecturas y el gusto que encontró en hacer rabiar a su padre, empezó a sopesar la posibilidad de que parte de las tradiciones y dogmas que conocía fueran erróneos, no tuvieran fundamento o se trataran de puro folclore. Ante tal desapego y desilusión decidió que no celebraría la Navidad nunca más. No contento con no participar en ella, pensó en animar al resto de compañeros, amigos y familiares a que siguieran su ejemplo.
Para evitar una nueva Navidad en casa, Jesús cogió todas las figuras y elementos decorativos y los lanzó a los escombros a escondidas de la familia. Su padre José pensó que había sido obra de los vecinos, de quienes creía que no eran más que unos envidiosos pecadores, y renovó todo el decorado a cambio de trabajar unas horas extras en la oficina. “La Navidad es sagrada”, decía. Mientras tanto, Jesús se dedicaba a difundir sus nuevas creencias por todo el instituto. Predicaba discursos incendiarios contra los poderes eclesiásticos, así como contra el consumismo que entrañaban fiestas como la Navidad, que no era más que una herramienta del capitalismo para aborregar y adormecer a la sociedad. Una de sus homilías más recordada fue la Parábola del Obrero. Ebrio por la admiración y atención que despertaba entre sus discípulos, impulsó una campaña para que ningún compañero celebrara las fiestas navideñas y para que todos quemaran los regalos en una fogata como señal de protesta. Los profesores decidieron poner freno a la escalada de radicalismo de Jesús castigándolo frecuentemente por alterar el orden del instituto. Sin embargo, el joven mesías insistía en la idea de que había que amar también a aquellos pobres profesores, valedores de lo público y víctimas del sistema corrompido.
Al enterarse de las acciones de su hijo, José se sintió especialmente decepcionado. Entonces empezó a considerar la opción de escarmentarlo con una crucifixión por renegar de la verdadera fe, pero, para su disgusto, descubrió que era una práctica que ya no estaba bien vista. Tras madurar la situación y estudiar más detenidamente a su oveja descarriada, José dio con una solución más pacífica y sutil. Cierto día, como había prometido al resto de sus discípulos, Jesús abrió el armario de sus padres para apoderarse de su regalo de reyes y ofrecerlo al fuego de la revolución como sacrificio. Cuando encontró allí una verdadera Fender Stratocaster con un cuerpo de madera maciza, que su padre José había comprado expresamente para él, se le cayó el mundo a sus pies. La situación era extremadamente comprometida, obligándole casi a decantarse por sus nuevas convicciones o por el placer de rasgar las cuerdas de una guitarra legendaria. Jesús se tambaleaba sobre su encrucijada y dijo para sus adentros, “Oh padre, ¿por qué me has traicionado?”.
Hubo belén durante la Navidad de 1992 en casa de Jesús. Aun con un ridículo asomo de bigote, éste volvió a hacer del hijo de Dios sobre el pesebre, cantó villancicos junto a su familia y asistió a misa del gallo. El día de Reyes, recibió su ansiada guitarra y estuvo tocándola hasta que no le llegaba más circulación a los dedos. María y José estaban felices tras haber reintegrado a su hijo al rebaño. A pesar de vivir unas navidades iguales a las anteriores, algo había muerto dentro de Jesús. No hubo milagro y la hoguera revolucionaria nunca prendió. El verdadero milagro, el de los billetes y los peces gordos, ya se había perpetrado años atrás y el Dios al que obedecía campaba a sus anchas. De esta forma el joven comenzó a centrarse más en los estudios, en labrarse un futuro y en temas banales como empezar a salir con chicas, desvirgarse, aprovisionarse de un buen perfume, ser popular y frecuentar las principales fiestas de la ciudad. La impetuosa curiosidad fue poco a poco diluyéndose entre la indiferencia y la vulgaridad.
Quizá Jesús no fuera el profeta ansiado. Quizá la sociedad no estaba preparada para la llegada de un nuevo mesías. Quizá ya estemos resignados a la ira de un verdadero Dios.

Relato incluido en el especial de Navidad del Boletín Papenfuss
Ilustración de Banksy
Bocachancladas·Navidad

No Te Lo Perdonaré Jamás

Como colofón a la Navidad, ese período en el que se conmemora el nacimiento de nuestro Señor, es tradición celebrar la adoración de los tres Reyes Magos. Tal y como precisan de manera rigurosa las sagradas escrituras, el trío viajó en camello desde Oriente a Belén para obsequiar al recién nacido hijo de Dios con mirra, incienso y oro, con la precisa guía de una estrella que les marcaba el camino. Años más tarde, rebosantes de ese espíritu navideño de generosidad para con los demás y cargados de buenos propósitos, con las arterias desobstruyéndose por la ingesta de jamón de pata negra, los niveles de ácido úrico tornando a la normalidad y el sacacorchos resoplando ante el esfuerzo de días sin descanso, se conmemora el evento en forma de cabalgata que tanto esperan los más pequeños y también los más grandes.
En el desfile, los Reyes Magos se abren paso subidos a enormes carrozas mientras su séquito reparte un poco de ese espíritu carente en nuestra sociedad a base de caramelos de sabores. Entretanto, el pueblo se lanza a las calles en masa y muestra ese arrojo de fraternidad navideña rivalizando por preciosas muñecas, balones de playa de prósperas y caritativas firmas comerciales o sosteniendo un paraguas invertido para poder amontonar un mayor número de caramelos que finalmente, fundidos al calor de su envoltorio de plástico, verán la luz de su contenedor y no la del de otro vecino. No se trata solo de una cuestión de júbilo, puesto que de la rigurosidad de la recreación se sustentará la ilusión cándida de los pequeños. Seres que llevan todo el año eludiendo rabietas hasta casi quedarse sin respiración, obedeciendo sin rechistar las feroces indicaciones de sus malvados padres y conteniendo hacia dentro todo tipo de improperios y palabrotas para ser dignamente obsequiados por la gracia de los Reyes Magos. Para que puedan sentir, rodeados de útiles enseres y estimulantes entretenimientos de plástico, la misma sensación de humildad y bondad que el mismo Niño Jesús sintió en su pesebre de paja bajo la atenta mirada de los Reyes Magos.

El caso es que la hermosa tradición era así hasta este año, año en el que la costumbre ha sido brutalmente desmantelada. Año en el que compruebo horrorizado que nuestra sociedad se aproxima sin pudor y de forma vertiginosa al fondo del precipicio. Año de la estocada cobarde a esos valores que han sido fundamentales para el desarrollo y el asentamiento de nuestra sociedad. Año que quedará grabado en los anales de la historia de nuestro país como el comienzo del desastre y que yo no se lo perdonaré jamás.
Aunque todos los años me juro que nunca más lo haré, no hay día cinco del mes de enero a eso del mediodía que no dé cuenta de que aún no he hecho la religiosa contribución a los Reyes. De esta forma, cogí el coche como alma que lleva el diablo y me sumergí en un atasco que no avanzaba en ninguna dirección mientras entraba en un bucle que consistía en cavilar nerviosamente en qué comprar y relajarme con la idea de que los escaparates de las tiendas me inspirarían. Después de dar vueltas al centro hasta casi vaciar el depósito y aparcar el coche en la calle de atrás de mi casa, entré bañado en sudor en una superficie comercial de cultura y tecnología. Las oleadas de personas discurrían como escuadrones en guerra que lidiaban para hacerse con los últimos ejemplares de las repisas. No había tiempo que pensar, así que para mi padre escogí el libro más vendido sobre erotismo nepalí; para mi madre un flamante recopilatorio de música dance; para mi hermana la primera temporada de una serie de zombies náufragos; para mi novia un personal paquete con regalo sorpresa; y para mi primo, el del pueblo, una radio AM-FM analógica con la esperanza de que la modernidad no le abrumara. Por falta de tiempo y recursos, decidí regalarme a mí mismo una dosis de austeridad y rezar para que el resto de reyes no hubieran imitado mis pasos.
Cuatro horas después, tras una majestuosa revisión de los tratados de la envoltura de regalos en la cual se apreciaban figuras que desafiaban las leyes de la geometría, una marea de gente que circulaba a contracorriente me aprisionó. Era evidente la fuerte presencia de niños pequeños con el semblante iluminado por la expectación y la felicidad que desprende la cabalgata. No pude evitar emocionarme al recordar mis tiempos de niño, en el que mis padres me llevaban de la mano hacia las primeras filas del desfile, le daban unas monedas al primer mendigo que encontraban para que cuidara de mí y una vez pasadas varias horas de la llegada del cortejo real, abandonado y al borde de la hipotermia, volvían para recogerme. Nostálgico y con la ilusión a punto de llenarme el lagrimal, me sumí en el populacho para ver el paso de sus majestades.
Fue en ese momento cuando pude comprobar la barbarie en mis propios ojos. No había rastro de camellos, animales sagrados en la tradición cristiana y vanagloriados en diversos pasajes de la Biblia; los villancicos habían sido sustituidos por música y danzas de países innombrables, imponiendo de manera sectaria las costumbres de pueblos inferiores a las nuestras. Para colmo, la aportación de dulces de las empresas patrocinadoras era escasa y el rugido de mis tripas comenzaba a ser ensordecedor. Pero lo peor estaba por llegar, la herejía hecha realidad, las llamas del infierno iluminando las calles: Melchor, Gaspar y Baltasar ataviados con trajes que bien podrían pasar por cortinas de baño de un outlet o indumentarias propias de juerguistas obesos en Las Vegas. A todas luces, aquel bochornoso carnaval distaba kilómetros de la tradición conservada durante siglos y suponía una cruel burla a los valores de la fe mayoritaria.

Multitud de niños torcieron el rostro incrédulos y gran parte de estos comenzaron a llorar desconsolados, con la ilusión resquebrajada al ver que aquellos fantoches no eran más que unos malditos impostores que se hacían pasar por sus majestades, magos que estaban a punto de emprender un viaje por medio mundo en camello repartiendo regalos en cada una de las casas de los niños que habían sido buenos, que pararían para devorar sus galletas y saciar su sed con sus vasos de leche y que, además, en ese momento desfilaban en varios miles de cabalgatas al mismo tiempo.
Sin duda, aquello era un sacrilegio fruto del odio a las tradiciones, un acto que no merecía justificación, una actitud que bien suponía el comienzo del final de nuestra identidad como pueblo, una muestra de la crisis de valores de nuestra sociedad actual, un desliz premeditado para mofarse de las creencias ancestrales que merece una contestación contundente. ¿Qué será lo siguiente? ¿Hacer procesiones con vírgenes en minifalda o que el Ramadán sea financiado con fondos públicos? Las tradiciones son para respetarlas, no para reinventarlas, ni para adaptarlas a los tiempos, porque como su propio nombre indica son eso, tradiciones. Con absoluta rotundidad, he de reiterar que mis pensamientos son conclusiones de mi propia experiencia, la cual nunca jamás fue corrompida ni influenciada por las reposadas labores informativas de los medios de comunicación, a los cuales como persona crítica y formada tomo en consideración de forma minuciosa, aunque, de tanto en tanto, me permita la consideración de echar un ojo a sus encabezados para formarme un juicio profundo y libre. 

Mientras esgrimo estas líneas de justicia y respeto para mi creencia, por otro lado necesarias, de las que confío se genere un debate sosegado y bien argumentado para acabar con la dictadura del odio, doy cuenta de que ahora comienza mi tiempo de disfrutar de los frutos de la tradición: jugar hasta que se me caigan los ojos al videojuego que los reyes consiguieron rebañar para mí de las barricadas del centro comercial ayer por la noche.