cuarentena·Microrrelatos

Pesadillas pandémicas

Como de costumbre, salí a la calle para dirigirme al trabajo. Enseguida noté que la gente con la que me cruzaba me observaba y cuchicheaba. De repente, un desconocido se abalanzó sobre mí y me increpó: “Maldito terrorista, deberías andar preso”. En un ágil movimiento me zafé de sus enormes brazos y conseguí subir a un autobús que pasaba. Sin embargo, al verme, el conductor se alteró violentamente y no me dejó pasar. Consternado, busqué una calle donde refugiarme y pensar. Me miré en el reflejo de un escaparate y di cuenta de que no llevaba mascarilla. Quise volver a casa a toda prisa, pero ya era demasiado tarde. Diversas patrullas de policías se dirigían hacía mí cerrando cualquier escapatoria, incluido un helicóptero que exigía que me entregara. Me pudriría en la cárcel por haber olvidado la mascarilla.


En aquel momento, sentí unos golpes en la espalda y desperté. Todo había sido una horrible pesadilla. Me había quedado dormido en mitad de una reunión con unos inversores asiáticos. Era mi turno. Me levanté para intervenir y descubrí que estaba desnudo. Horrorizado, me llevé una mano a la boca y respiré aliviado. Por fortuna, llevaba mascarilla.

Vida Moderna

Vacaciones en tiempos de pandemia

Las vacaciones en pandemia no conocen distinción entre bochorno y aventura. Bajo la amenaza de que éstas son las últimas de la historia —antesala del apocalipsis o la extinción—  y la sutil advertencia de que el pueblo llano es el encargado de reactivar la economía —semanas antes de ser culpabilizado por vivir por encima de nuestras posibilidades—, me animé a comprar un paquete vacacional. Con cuatro garabatos y unas fotografías de unas sirenas inflándose a langostas a la brasa, el comercial me convenció de que veranear en las playas de Tócame Roque era mucho más económico que quedarme en casa con la bolsa de judías congeladas en el sobaco.

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Vida low cost (Cuarentena XXVII)

Uno de los milagros que obró el Viejo Mundo fue el de los panes y los peces. Mediante un sueldo mísero podías alimentarte, vivir entre cuatro paredes carcomidas, socializar en tugurios con glamour y bañarte en jofainas de gintonic, vestir a la penúltima, comprar un utilitario de 100.000 km, hacerte selfies en el sudeste asiático, esperar a que el cartero te abasteciera con el último artefacto tecnológico, estar suscrito a quince plataformas de streaming y donar lo restante a una organización benéfica que acogiera corocoros abandonados en Surinam. El milagro era de tal magnitud que ningún científico había conseguido explicarlo sin recurrir a la brujería o al misticismo. Algunos teólogos lo achacaban a la llegada de un nuevo profeta que todavía no había sido identificado. Nadie quería renunciar a tenerlo todo, pero la pandemia se empeñó en demostrar que menos puede ser suficiente.

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Carrusel deportivo (Cuarentena XXV)

En el Viejo Mundo existía una tradición profundamente arraigada: vivir en el carrusel deportivo. El deporte, que tenía sus orígenes en el ejercicio físico, la competición respetuosa y un estilo de vida saludable, se había convertido en un espectáculo que encarnaba los valores contrarios. Aunque se presentaba en varias disciplinas, la casualidad intencionada había escogido al fútbol como único representante. El espectador podía pasarse todo la semana viendo partidos sin despegarse del sillón. En las tertulias nocturnas grupos de doctos debatían sobre el tamaño del periné del delantero centro del Atlético Antoniano o polemizaban por los motivos que habían llevado al colegiado Méndez Menéndez a comprar criadillas de jabalí en la carnicería de su barrio antes de arbitrar el clásico.

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Autobombo

La pandemia de los globos sonda

Hoy escribo sobre globos sonda en El Salto. Un análisis que incluye las voces de David Jiménez, antiguo responsable de El Mundo y escritor del imprescindible libro ‘El Director’, los profesores Óscar García-Luengo (Universidad de Granada) y Jordi Rodríguez Virgili (Universidad de Navarra) y el asesor y politólogo David Sabater de ATREVIA. Desde este enlace podéis leer el artículo completo.

Del artículo os lanzo una pregunta: ¿tenemos una clase política que refleja la estupidez social o son los gobernantes los que lo promueven?