Autobombo · La Cuarentena De Los Necios

Enmesto

Mientras hacía enmesto (acción de enmestar) he topado con tres copias de ‘Multipantalla y otros relatos’. Un recopilatorio que recoge a los finalistas del XIV Certamen Internacional de Relato Breve sobre Vida Universitaria editado por la Universidad de Córdoba, en el cual aparece mi texto La ecuación de la incertidumbre.

Así pues, a los tres próximos compradores de La cuarentena de los necios les haré llegar una copia de dicho recopilatorio junto a su marcapáginas y, si lo desean, una cariñosa dedicatoria.

Si estás interesado, escríbeme un correo a rafaleguadalmedina@gmail.com. Un fuerte abrazo, compañeros. Adelante!

‘Multipantalla y otros relatos’ junto a ‘La cuarentena de los necios’
Relatos · Vida Moderna

La gran noticia #3

Lee La gran noticia #1
Lee La gran noticia #2

La última vez que caí enfermo contaba con cinco años de edad, hace más de un cuarto de siglo. Creo recordar que fue a causa de un brote de gripe que se difundió por medio colegio y estuve entrando y saliendo de la cama alrededor de una semana. Puede, no obstante, que mi memoria haya deformado dicho acontecimiento pues aquel recuerdo está situado en el filo del comienzo de mi memoria. A decir verdad todos los recuerdos que tengo cercanos a esa edad, como asombrarme por ver una ciudad espléndida desde la ventanilla del coche de mi padre o agacharme dentro de la bañera para que mi madre recorriera mi cuerpo con la esponja, no sé si en realidad ocurrieron o son una paulatina deformación de mis recuerdos. El caso es que desde aquel momento jamás había faltado al colegio, al instituto, a la universidad, a ninguna de mis variopintas maneras de ganarme la vida, a una acampada o a un concierto aludiendo por motivo una enfermedad. No ha habido anginas, tos, afonía, circuncisión o resaca que haya conseguido derribarme. Ahora, una carcasa de plástico me obligaba a pasar una semana encerrado en una habitación.

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Relatos · Vida Moderna

La gran noticia #2

Lee La gran noticia #1

“Estás ardiendo. ¡Ay, Dios, que has cogido la covid! Corre a hacerte un test de antígenos”. Aunque la conjetura de mi novia fuera cierta, ¿es que acaso no podía irme a dormir al sofá y hacer la prueba la mañana siguiente? Ningún artículo científico ha apuntado aún que el virus pueda coger la puerta e irse de vacaciones. ¿En qué momento habíamos perdido la capacidad de soportar la incertidumbre unos minutos? Hemos evolucionado, desde luego, pero en las cosas más básicas a peor. A mi pareja la llevo conociendo un tiempo y por fin empiezo a darme cuenta de qué guerras no merece la pena librar. En nuestros comienzos hubiera disfrutado de una buena contienda por ver quién de los dos es más cabezón, de la lucha dialéctica y ver la sangre del enemigo correr bajo mis barricadas, de las batallas con forma de discusión, de los retrocesos de líneas mediante silencios, de la retirada para rearmarse de razones y, en último lugar, de firmar un placentero armisticio con los cuerpos desnudos y bañados de lujuria y redención. Así pues, me incorporé en un lado de la cama sin saber muy bien si estaba en casa o si aún seguía rodeado de la muchedumbre del sueño con el tipo de la capa negra acechando. “Claro que sí, cariño, hazme el test y todo lo que tú quieras”, contesté fingiendo dulzura. Mi pareja es una persona de altas capacidades, entre las que destaca la saña con la que maneja la prueba de antígenos. Si se lo propone, es capaz de introducir el hisopo con tal precisión que con él puede acariciarte los pulmones, los riñones o el tuétano. En cuestión de segundos las gotas de reactivo mezclado con la muestra de mis fosas nasales y garganta estaban siendo analizadas en una carcasa de plástico de fabricación china. Al pasar la mano por la frente comprobé que estaba ardiendo y una masa viscosa taponaba mi nariz. El resultado, sin embargo, fue inequívoco: negativo.

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Relatos · Vida Moderna

La gran noticia #1

Hace unas semanas se confirmó una gran noticia. Una noticia que llevaba esperando varios años y que por fin iba a darme el ansiado y definitivo rumbo en mi vida. No cabía en mí de la satisfacción y de la emoción. Los esfuerzos y las penurias por conseguir el objetivo se habían reducido a meras anécdotas que sólo servirían para agrandar la gloria. Enseguida llamé a mis padres y a mi pareja para comunicarles la buena nueva y compartir la emoción desbordante. Redacté un escueto mensaje de WhatsApp que deslicé entre varios familiares y amigos cercanos. “Enhorabuena, fiera”, “El esfuerzo siempre tiene su recompensa”, “Que Dios te bendiga, muchachito”, “No sé quién eres, pero me alegro de lo tuyo” fueron algunas de las réplicas. Aquel día concluí la jornada laboral antes de lo que marca mi contrato y me dispuse a disfrutar de la celebración con la que había fantaseado miles de veces.

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Relatos

La ecuación de la incertidumbre

Después de varios años dando tumbos, había conseguido plaza en la universidad. Aquel hito personal resultó ínfimo comparado con una pandemia de magnitudes ilimitadas. Durante los meses de confinamiento, mientras me debatía entre adoptar una vida ermitaña o disfrazarme de pirata y lanzarme a desenterrar tesoros recónditos, llegó una tromba de concursos para profesores universitarios. Con la amenaza de una recesión sin precedentes, aquellas convocatorias parecían anunciar la salida inminente del último tren académico.

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cuarentena · Vida Moderna

‘El Rey de las casas de apuestas’

Según mi horario laboral, a las seis de la tarde puedo dejar de contribuir al calentamiento de silla. La mayoría de mis compañeros no parecen inmutarse y optan por continuar ampliando las ganancias de la empresa, quizá con la esperanza de heredarla o postergando la hora de reencontrarse con unos hijos de los que no recuerdan su nombre. Por suerte, la vida me ha mantenido lejos de la ambición empresarial y familiar. De esta forma, a las seis salgo escopetado y rezo para que el tiempo se detenga o para que se dictamine la abolición del trabajo.

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cuarentena · Microrrelatos

Pesadillas pandémicas

Como de costumbre, salí a la calle para dirigirme al trabajo. Enseguida noté que la gente con la que me cruzaba me observaba y cuchicheaba. De repente, un desconocido se abalanzó sobre mí y me increpó: «Maldito terrorista, deberías andar preso». En un ágil movimiento me zafé de sus enormes brazos y conseguí subir a un autobús que pasaba. Sin embargo, al verme, el conductor se alteró violentamente y no me dejó pasar. Consternado, busqué una calle donde refugiarme y pensar. Me miré en el reflejo de un escaparate y di cuenta de que no llevaba mascarilla. Quise volver a casa a toda prisa, pero ya era demasiado tarde. Diversas patrullas de policías se dirigían hacía mí cerrando cualquier escapatoria, incluido un helicóptero que exigía que me entregara. Me pudriría en la cárcel por haber olvidado la mascarilla.


En aquel momento, sentí unos golpes en la espalda y desperté. Todo había sido una horrible pesadilla. Me había quedado dormido en mitad de una reunión con unos inversores asiáticos. Era mi turno. Me levanté para intervenir y descubrí que estaba desnudo. Horrorizado, me llevé una mano a la boca y respiré aliviado. Por fortuna, llevaba mascarilla.

Vida Moderna

Vacaciones en tiempos de pandemia

Las vacaciones en pandemia no conocen distinción entre bochorno y aventura. Bajo la amenaza de que éstas son las últimas de la historia —antesala del apocalipsis o la extinción—  y la sutil advertencia de que el pueblo llano es el encargado de reactivar la economía —semanas antes de ser culpabilizado por vivir por encima de nuestras posibilidades—, me animé a comprar un paquete vacacional. Con cuatro garabatos y unas fotografías de unas sirenas inflándose a langostas a la brasa, el comercial me convenció de que veranear en las playas de Tócame Roque era mucho más económico que quedarme en casa con la bolsa de judías congeladas en el sobaco.

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Autobombo

La pandemia de los globos sonda

Hoy escribo sobre globos sonda en El Salto. Un análisis que incluye las voces de David Jiménez, antiguo responsable de El Mundo y escritor del imprescindible libro ‘El Director’, los profesores Óscar García-Luengo (Universidad de Granada) y Jordi Rodríguez Virgili (Universidad de Navarra) y el asesor y politólogo David Sabater de ATREVIA. Desde este enlace podéis leer el artículo completo.

Del artículo os lanzo una pregunta: ¿tenemos una clase política que refleja la estupidez social o son los gobernantes los que lo promueven?