Relatos·Vida Moderna

Me Enamoré De Una Instagramer

Sin saber muy bien cómo, me enamoré de una instagramer. Supongo que cuando menos lo esperas, la vida te propone retos con la única intención de, después de dejarte en ridículo, aprender a esquivarlos y conformarte con tu cotidianidad y una bolsa de cacahuetes rancios.
Todo comenzó en la feria de ganado del pueblo, en la que año tras año nos reunimos pastores, ganaderos, artesanos, parados, fisgones, vagabundos, aficionados a la zoofilia y gente de bien en general. Dejo mi condición al criterio del lector perspicaz. Para incentivar la asistencia de las masas, al ayuntamiento se le ocurrió organizar una caseta en la que invitar a personalidades de relumbrón: una becaria de ‘Caza y Pesca’, el último ligue del concejal de festejos, un tipo que llegó al casting final de ‘Granjero Busca Esposa’, una vaca que en su juventud hizo de la ‘Vaca que ríe’ y, la estrella de la presente edición, una instagramer rural.
Se llamaba Sonia de los Almendros y Ovejos y era conocida por dedicar toda su vida a hacerse fotos entre campos, maquinaria, cortijos y bestias para después publicarlas en Instagram. Celebres eran sus evocadores posados junto a un par de gorrinos apareándose o un ternero recién parido aún envuelto en su placenta; su sonrisa luminosa entre las aguas revueltas del río tratando de pescar una trucha con las manos; su manera de seducir a la cámara con una sierra mecánica en brazos; o luciendo un provocador conjunto de lencería mientras daba palos a los olivos junto a un grupo de rudos temporeros.

En este tipo de casos, es difícil contener el empuje del pequeño sociólogo que todos aguardamos en nuestro interior. Así pues, empecé a tragarme las publicaciones de Sonia de forma compulsiva, además de sus fotos, selfies, vídeos, stories y retos. Recuerdo muy emocionado cómo Sonia se grabó pisando uva disfrazada de Elvis mientras cantaba ‘Suspicious Mind’; o cómo declamaba poemas de Bécquer con polvorones en la boca segando trigo con un tractor o sus debates sesudos sobre la pobreza infantil con un marrano pata negra de cerca de cien kilos al que cariñosamente llamaba Huesitos. Aunque la línea entre la genialidad y la vergüenza ajena a veces se tornaba invisible, había quedado atrapado en sus redes y no podía hacer otra cosa más que dejarme arrastrar por sus delirios y encantos.
La fecha de la feria del ganado se acercaba a la misma velocidad que mi enganche cibernético adquiría tintes de romanticismo y delirio enfermizo. Me despertaba soñando con el olor de los huertos que abonaríamos de la mano, fantaseaba con el momento en que tomaría las ubres de nuestras cabras y las ordeñaríamos hasta que no quedase ni una gota de leche e, incluso, había empezado a sondear la compra de un cortijo que sirviera de castillo para mi princesa campestre.
Necesitaba un golpe de efecto, levantarme entre la legión de followers y erigirme como un pretendiente serio para Sonia, o cuanto menos que supiera de mi existencia y de mis nobles intenciones. Y fue en ese momento cuando la inspiración se adueñó de mis dedos y esbocé una suerte de poesía sensible en una de sus fotos: “Sonia, después de recoger un banasto de higos, quiero que seas la breva de mi higuera”. A los pocos segundos, recibí la señal: un like que me supo tan dulce como una paila de choto al ajillo.
No sé si fueron las mariposas por conocer a Sonia o el cubo de ciruelas que me cargué a mediodía, pero en el trascurso de la feria del ganado tenía un horrible dolor de estómago que me obligaba a dividirme entre el puesto de piensos para conejos y los baños químicos. Al filo del anochecer haría la ansiada aparición la instagramer en la caseta de celebrities. Aunque se hizo de rogar tanto que empecé a pensar que los esfínteres me jugarían una mala pasada, Sonia se presentó en el pueblo radiante, con un vestido largo y prieto que acentuaba sus generosas caderas y que resaltaba su exuberancia indómita. La caseta estaba atestada de gañanes armados de sus respectivos palillos en boca, que vociferaban las bondades físicas de la influencerrural con picardías de distinguido calado lírico como “Ay Omá qué rica”, “Mae mía qué zagala más apañá” o “Te voy a sacar hasta los calostros, moza”.
No pasé por alto la nada sutil insinuación de mi amada: su vestido estaba estampado con una especie de dibujos que en mi imaginación tenían forma de breva. No era un sueño, no parecía un espejismo: mi amor era correspondido y aquella noche prenderíamos todos los troncos de olivo secos que hiciesen falta. Una vez terminado el acto, que resultó ser una excusa rastrera para publicitar un vigorizante para gallos de corral, me acerqué envalentonado a declararme en el turno de fotografías. Sonia me dios dos besos a la vez que me embriaga con su olor, una mezcla perturbadora de rosas silvestres y sudor animal. Antes de poder soltar palabra, la instagramerse apoderó de mi móvil y posó guiñando un ojo a la par que sacaba la lengua como el que ficha en el trabajo. Disparó una ráfaga de instantáneas mientras yo trataba de articular un discurso emocionante sobre el sabor de las brevas y la robustez de la higuera. Ella parecía asentir alegre, pero la realidad es que ya despachaba al siguiente gañán. Esperé con paciencia a que finalizara el acto para sacar a relucir la poco honrosa estrategia del rastrillo, pero Sonia salió escopetada de la caseta junto a su séquito y se introdujo en una limusina que poco tenía de humilde.
Con las lágrimas a punto de brotar y el corazón encogido, me retiré de la feria totalmente devastado. No entendía qué podía haber salido mal, visionaba de nuevo sus fotos y sus vídeos preguntándome por qué Sonia no me había entregado ni una arroba de su amor. Entonces, lo entendí todo: era uno más, una oveja del rebaño, una almendra anónima entre el montón, una amapola que había regalado sus pétalos. Sonia de los Almendros y Ovejos era el pastor que hacía servir sus redes sociales a modo de perros para guiar al redil. A ella sólo le interesaba alimentar su alma a costa de redoblar la voluntad y exprimir el cuerpo de sus seguidores, y para ello no vacilaría en sacrificar a las cabezas de ganado que no le sirvieran para su fin.
Recientemente, he sabido que para la feria agrícola del pueblo de al lado van a invitar a una youtuber especializada en quesos. Husmeando su canal, he visto que se graba rodeada de lácteos, prueba quesos de colores estridentes disfrazada de Peter Pan y acude a las queserías a presentar al gran público las últimas novedades. Con este panorama me han entrado unas ganas terribles de atiborrarme a Camembert y vídeos de YouTube.


Foto de @marinalbk. La usuaria es totalmente ajena al relato.
Vida Moderna

País de Piel Fina

Fruto de la serena observación y la exhaustiva investigación, he detectado una desconocida enfermedad de la cual me veo en la obligación de alertar. He de confesar que carezco de cualquier tipo de formación en medicina, ni falta que hace. Basta con no ser aliado de la ceguera, estar corroído por la hipocresía o rendido a la necedad cotidiana para darse cuenta del diagnóstico categórico. Cabría preguntarse por qué no hemos oído hablar de ella, quién ha escondido las certeras evidencias o derivado los síntomas hacia otros trastornos contemporáneos que, si bien existen, han conseguido agravar los daños de la enfermedad hasta convertirlos en devastadores e irreversibles. Sorprendentemente, esta plaga está especialmente arraigada en España. No estoy hablando de la impuntualidad, la predisposición genética por la corrupción, la veneración a símbolos religiosos y/o fascistas o el hablar a voces sin tener la más remota idea. Me refiero a una patología mucho más general, la vorágine que destruirá este país y a todos sus individuos. Hablo de tener la piel fina.

Todo comenzó en un restaurante de bien, en el transcurso de una cena con gente de la intelectualidad patria. Entre otros, allí se daba cita el dispensador de viagra de Vargas Llosa, uno de los negros de Pérez-Reverte, el chapero predilecto de Sánchez Dragó, el callista de Pedro Almodóvar, el camello de confianza de don Jaime de Marichalar y el mismísimo Rey del Pollo Frito, Ramoncín. Después de mantener una vibrante conversación sobre los beneficios que tenía para el sistema circulatorio miccionar haciendo el pino, se inició una encarnizada discusión en torno a la receta original del gazpacho andaluz. Aunque no debiera admitir dudas, el personal comenzó a desvariar con la composición del brebaje y a recurrir a rincones  inmundos de la red para granjear a sus argumentos cierto atisbo de autoridad. Mientras tanto, los más avispados del grupo guardábamos las sobras de la cena en bolsas de plástico. El conocimiento teórico y práctico del hambre determina la verdadera valía del intelectual. El debate gastronómico estaba al borde de hacerme perder los nervios cuando el mismísimo Ramoncín se atrevió a despreciar la sutil aportación del pimiento verde. Aunque uno se distingue por mantener la compostura ante cualquier situación, no tuve más remedio que reprender su desfachatez con un elegante y respetuoso “Eres un puto ignorante. El pimiento es al gazpacho lo que tus discos a un contenedor de basura”. Un silencio tenso congeló el ambiente y el decadente actor, escritor, cantante y parásito -en orden creciente de ocupación- se marchó del lugar soltando un bufido airado.


Al comienzo sospeché que había sido una rabieta pasajera que el tiempo haría olvidar. O quizá se trataba de una brillante estratagema para no pagar la cuenta. Cuando al día siguiente constaté que Ramoncín me había bloqueado de sus redes sociales y de que el cartero no cesaba de entregar paquetes bomba en casa, di cuenta de que mi improperio podía haberle ofendido. A decir verdad, aquel entuerto me resultaba indiferente. Ramoncín había dejado de ser alguien mucho tiempo atrás, si es que alguna vez había sido alguien. Sin embargo, no podía dejar de darle vueltas al entuerto. Una persona medianamente madura no se ofende así. Una persona sensata y proporcionada trata de convencer al otro repitiendo hasta la saciedad los mismos argumentos, guardando bajo manga el infalible recurso de quedarse en pelota picada y bailar bulerías en caso de que la situación amenace con desmadrarse. Ahí advertí que el Rey del Pollo Frito tenía la piel demasiado fina para aceptar una crítica justa. Me inquietaba la duda de si aquel fenómeno era aislado o una epidemia extendida. Quizá en el caso de la piel del creador de ‘Litros de Alcohol’ interfiriese el factor de haber sido un monigote profesional o sus visitas a clínicas de estética de poca monta.
A continuación me decidí a extender mi campo de estudio a otros círculos más populares en busca de reafirmar o refutar mi tesis. Comencé con mi panadería de confianza, donde advertí amablemente que su pan era idóneo si uno quería construir un muro indestructible usando sus barras; proseguí comentando a mis pupilos que sus últimos manuscritos eran de un gusto horripilante y de nula originalidad, fruto de una ignorancia arraigada y mi necesidad de sacarles la pasta para subsistir de forma honrada; y confesando a mi pareja que Coldplay, su grupo favorito, me parecía un truño soporífero y que gentilmente la ayudaría a enterrar cada uno de sus discos. Envalentonado, quise ir un poco más allá, y me pasé por el colegio de mi infancia, el instituto y la facultad para informar sin rencor a mis antiguos profesores que eran todos unos inútiles sin vocación que habían sumido en la mediocridad y el alcoholismo a mi ser. Para mi sorpresa, mi arranque de sinceridad en aras de la verdad fue duramente reprendido por mis objetos de estudio mediante gritos, insultos, escupitajos, amenazas y algún que otro guantazo de admirable factura. Mientras dormía en el sofá, apaleado, desterrado y desempleado, atisbé la cruda verdad.
La verdad es que nadie quiere oír la verdad. Vivimos en una sociedad hipócrita que apremia mirar hacia un lado y contentarnos con una mediocridad que pudo, pero no quiere ser y se ríe de nosotros a nuestras espaldas. Nos sobra con el recuerdo de un sueño extinto o de un futuro fantasioso para alcanzar la paz que brota de la autocompasión y un deforme engendro de la felicidad. Se premia a la imbecilidad y se ponen paños calientes a la incapacidad. Si no encuentras consuelo, siempre puedes comprarte una taza con el eslogan “Soy gilipollas, pero hoy puede ser un día excepcional”. Por el contrario, la crítica, aunque descarnada, delimita el defecto para extirparlo y aspirar a ser libre, razón de ser del hombre. No me imagino a Severo Ochoa consolado con un vaso de leche con galletas cuando un experimento resultaba un fiasco, ni alguien dándole palmaditas a Manuel de Falla ante una soporífera composición o a Cervantes refugiado en el placer instantáneo de una entrepierna caliente cuando el Quijote volcaba su caballo. Hemos desterrado la certeza para no sufrir, nos hemos convertido en enfermos de piel fina.
Según he podido comprobar, esta enfermedad es degenerativa, contagiosa y hereditaria. Los padres magnifican los efectos del trastorno al vacunar a sus hijos con el valor del no pasa nada, lo tenéis todo y mejor si no sabéis por qué ni de dónde viene. Esos niños serán los jóvenes refugiados en el no hay oportunidades y anestesiados por el capitalismo y sus sabrosos cebos y divertidos juguetes, provistos de artefactos que oculten la verdad incómoda y asesinen a la voz de sus portavoces. Esos niños serán los ancianos que carguen existencias vacías, cuya mayor aportación sea la de sostener al partido gobernante de turno con ínfulas de superioridad.
La sociedad de la información auspicia la propagación acelerada de la mortal pandemia. Sin ir más lejos, un servidor, con toda su buena fe, fue recientemente atroz y cobardemente ajusticiado en uno de esos foros donde la prole prostituye la verdad a cambio de ver la mierda disfrazada con telas de Desigual. En una entrada que trataba los orígenes del gazpacho andaluz, como gran entendido en la materia, me vi en la obligación de intervenir para alertar del olvido de uno de los ingredientes primigenios: el pimiento verde. Enseguida apareció una contestación contundente: “No hay ninguna evidencia de que los primeros gazpachos incluyeran pimiento verde. Esa es una receta posterior”. Al comienzo no le di mucho crédito a tal atrevida impertinencia, pero conforme fueron llegando otras réplicas que validaban esa nueva teoría y dejaban la mía a la altura del betún, experimenté un estado de indignación que fue escalando de la rabia hacia las imperiosas ganas de vengarme. Una reacción impropia para una persona que no se altera con facilidad. Escarbé entre las fotos de la red social del osado aprendiz de cocinillas, busqué su nombre en listas de morosos, multas de tráfico y votantes de Ciudadanos. Después, contraté a un detective que anunciaba sus servicios en las Páginas Amarillas para investigar sus vergüenzas. No había rastro de ningún tipo de acto reprobable, más allá de ser fiel seguidor de Ramoncín. No sabía muy bien cómo redimirme de aquella ofensa despiadada, ni tan siquiera recordaba a qué se debía esta, ni por qué la cólera rechinaba con fuerza entre mis dientes, me hacía fruncir el ceño violentamente y tensarme la piel hasta amenazar con rasgarla. Entonces, percaté la horrenda realidad: yo también había sido contagiado. Yo también tengo la piel fina.

Por desgracia, la piel fina es una enfermedad de la que no se conoce cura. Afortunadamente, las grietas de la sociedad actual nos brindan multitud de esperanzas para alcanzar una penosa pero digna subsistencia. Por ejemplo, existen unos sofisticados prototipos de burbujas para aislarnos por completo. No hace falta una gran inversión, todos disponemos de acceso a ellas. De hecho, nos pasamos gran parte del día encerrados en nuestra burbuja. En ellas somos protagonista y enemigo, un pequeño reino con multitud de súbditos a nuestros pies, en el que escribir la realidad al gusto. A pesar de que las burbujas no interactúan entre sí, es fascinante observar cómo evolucionan de forma idéntica sujetas a un sistema invisible y silencioso. Es razonable pensar que todas las burbujas convergerán a la misma burbuja sin tocarse nunca.
En la burbuja, la enfermedad avanza tan lentamente que parece haber desaparecido. No se conocen casos de pacientes que sean capaces de agravar o revertir la enfermedad por sí mismos. Y así la piel cada vez más fina, y así la muerte en vida.
Firmado, uno con la piel fina.

 Incluido en el número 5 de Tinta de Verano – País de Pandereta.
Vida Moderna

La Entrañable Moda De Ser Subnormal

El mundo avanza veloz, como una estrella fugaz hacia su propia destrucción con la que deleitarse de su precioso rastro de luz. Ese ritmo endiablado, del cual como integrantes ocasionales también estamos impregnados, no da lugar a una objetiva, calmada y necesaria reflexión del mismo. Asumimos procesos intrínsecos que aceleran la devastación, nos vanagloriamos de los mismos y en algún caso los encarnamos consciente o inconscientemente. En los últimos tiempos uno de ellos se está arraigando con fuerza: el ser profundamente subnormal. Entrañable, eso sí.

Erróneamente, se podría pensar que este movimiento se consolidó hace mucho tiempo o, incluso, que nació a la par que la humanidad. Sin embargo, descubro para mi alivio que se trata de una tendencia reciente y pasajera. Al igual que en su momento estuvo de moda los pantalones campana, los Payasos de la Tele, Coyote Dax o tatuarse el nombre del jefe en el ano, ser un entrañable subnormal se ha convertido en una enfermiza necesidad que separa a una persona de estar dentro o fuera de la sociedad, la excelencia de la vulgaridad, la verdad de la mentira, la vida de la muerte, el bien del mal.
El aparentar saber de todo constituye una de sus bases más sólidas y demanda fundamental. El subnormal de base aprovecha el menor resquicio para dar su trascedente dictamen. Es capaz de balbucear hasta un máximo de cinco palabras seguidas –las cuales denominaremos sentencia de subnormal– que lo mismo versan sobre política de impuestos, que de legislación laboral, sistemas operativos, herbología milenaria, marcas de ginebra o de cebolletas en vinagre. Da igual el tema que se le presente, el subnormal de base aireará una genuina sentencia de subnormal, en la que expresar quejas y lamentos sin ápice de esperanza. Por su parte, el subnormal ilustrado es capaz de engatusar a su audiencia mediante elaborados discursos que se componen de, a lo sumo, tres o cuatro sentencias de subnormal. Al elenco conocido, añade su conocimiento sobre psicología evoljutiva, arte abstracto, especulación bancaria, aceleradores de particulas, filosofía posmoderna, coprofalia o licantropía clínica si hace falta. A diferencia del subnormal de base, el subnormal ilustrado consulta publicaciones digitales, se empapa de sus titulares, se deleita con los profundos comentarios de otros subnormales ilustrados y cacarea los alegatos de los líderes de la tendencia.
Aunque jamás reconozcan su verdadera condición, se muestran orgullosos de ella y no pierden tiempo en demostrarla una y otra vez para fortuna y tortura de sus allegados. En este sentido, las nuevas tecnologías han disparado su auge. Años atrás, con buen criterio, estos esclavos de las modas se veían marginados por la vergüenza ajena y la indiferencia; ahora disponen de altavoces eficientes y complejas formas de organización. En las redes sociales puedes verlos dándoselas de analistas políticos, tratando de dar envidia por hacer algo tan extraordinario como tomarse una cerveza en la playa, o mostrar su devoción por la danza clásica oriental mientras al otro lado de la pantalla devoran una bolsa de patatas en calzoncillos y sudan como cerdos. Además, cuentan con un legado de seguidores que les otorga una jerarquía infranqueable. Y es que ser un entrañable subnormal no tiene por qué estar reñido con la estima, el éxito o la fama. Tampoco con el dinero, el sexo o las drogas.
En la vida real también se aprecian los estragos de la corriente: acomplejados que compran todoterrenos para conducir por la ciudad y sentirse los puto amos por un día; pasajeros que aplauden el aterrizaje del avión y que después hacen cola como histéricos para salir; devoradores de manuales de autoayuda escritos por fantoches enajenados; padres que engendran a monstruos para tenerlos alegres y callados; consumidores de productos light; los que piden sacarina para el café tras atiborrarse de postres; y los peores de todos: aquellos que desprecian el borde de las pizzas.
Por fortuna, la subnormalidad, aunque entrañable, es pasajera. No porque los subnormales se den un golpe en la cabeza y de repente vean la luz, o porque se haga justicia y sean triturados y vendidos como pienso animal de marca blanca. El caso es que esta subnormalidad está destinada a ser sustituida por otro tipo de subnormalidad más feroz y devastadora, otorgando a la actual la categoría de excelencia y normalidad. Acabaremos por añorar la vigente subnormalidad y rememoraremos el clásico tópico de que cualquier subnormalidad pasada fue mejor.
Firmado,
un entrañable subnormal.

Incluido en el número 4 de Tinta de Verano – Modas.
Vida Moderna

Blablabluf

Somos estúpidos, pero, aun así, entrañables. Aunque todavía se desconoce el verdadero motivo y haya multitud de controvertidas teorías, todos los seres hemos sido agraciados con una existencia. Según cómo se mire, esta puede ser más o menos interesante, dinámica, exitosa, divertida, vital o personal. Sin embargo, en muchas parece repetirse un rasgo común que se expande como una plaga: el esfuerzo por demostrar que nuestra existencia, por mísera que sea, es un circo de cinco pistas donde el ilusionismo, el espectáculo y las piruetas imposibles se suceden de forma magistral ante el asombro del público. Afortunadamente, aún conservamos intacta la elección entre pagar y aplaudir hasta que las ampollas pudran nuestras manos, o bien liberar a las desdentadas fieras e incendiar la fanfarria antes de que esta termine por desmoronarse y enterrarnos definitivamente.

A pesar de la inmediatez y la amplitud casi infinita de contenidos y servicios que ofrecen las redes de la tecnología, estas parecen propagar el caos sin ningún tipo de remordimiento y, en contra del pensamiento general, aprietan los grilletes hasta coartar cualquier tipo de espontaneidad o atisbo de libertad. Mismamente, un humilde servidor fue víctima crucificada por el sistema, pero hoy, con las marcas de los clavos en las manos aún abiertas, puedo dar testimonio que aporte luz a este túnel.

En los últimos tiempos, mi profesión de banderillero –aquel que con suma precisión perfora los encurtidos en vinagre mediante un palillo de madera– me ha obligado a atravesar el país de punta a punta. Tras infinidad de viajes incómodos en autocares que paran en todos los pueblos y aldeas que encuentran a su paso, hacer autoestop, introducirme en cámaras frigoríficas o bien agazaparme en remolques de transporte de ganado caprino, me decanté por un servicio de economía colaborativa. Dicho servicio permite enrolarte en un viaje privado que comparte tu destino a cambio de un precio módico y una pizca de simpatía. Después de los recelos iniciales, me convertí en un usuario acérrimo y entusiasta. Intercambiaba risas y profundas reflexiones con el resto de usuarios; animaba a conocidos y familiares a que lo utilizaran a través de amables amenazas a punta de navaja; compraba todo el merchandising oficial; e, incluso, asistía a los eventos que organizaba la empresa. He de confesar que hasta alguna vez hice un uso a posteriori poco moral a la par que lúdico y festivo.
Sin embargo, en mi último trayecto desde mi pueblo, Torre Estiércol, a Abrevadero del Porcino pude dar cuenta de la amarga y desconcertante realidad. Éramos cuatro: un conductor de mediana edad y aspecto elegante, una señora con apariencia de haber disfrutado plenamente de la buena vida y una traveller de una procedencia que obviaré para preservar su identidad, remarcando sólo su afición por la samba y la caipirinha. El viaje echó a rodar con el clásico esquema: unos tímidos saludos, una rápida ronda de presentación, alabanzas al servicio y un acalorado debate sobre el despotismo de la empresa al cobrar tasas abusivas que permitan garantizarle un mínimo funcionamiento. Luego se hizo repaso del elenco de anécdotas que todo el mundo ha escuchado no menos de cien veces y que nadie sabe de alguien que las haya vivido. A saber: uno que se fugó sin pagar, una funeraria que usaba el servicio con el cliente fallecido como pasajero, una pareja de exnovios que se rencuentran en un Cádiz-Barcelona, un viaje que derivó en una orgía en un área de servicio, Elvis Presley viajando de resaca de Benidorm a Marbella en bermudas hawaianas… Nada fuera de lo normal. Lo típico.

Cuando se había cimentado un clima de sincera confianza y amistad de toda la vida, a falta de unos quinientos kilómetros para llegar a Abrevadero del Porcino, atrapados en un atasco, con un calor infernal y sin aire acondicionado, llegó la fase que podríamos denominar como striptease. Motivados por un arrojo de exhibicionismo cuanto menos discutible, los pasajeros comenzaron a desnudarse sin previo aviso. Aunque yo estaba abstraído en mi nueva y revolucionaria creación –la banderilla con doble aceituna–, no pude evitar sentir un poco de curiosidad y escuchar atentamente.

Con ojos emocionados, la travellernarraba anécdotas sobre su viaje que jamás uno podría haber sospechado: maratonianas visitas a galerías de arte, moderadas ingestas de sangría, hombres que se deshacían en delicadas atenciones hacia ella y la invitación de otros travellers a visitar Francia, Gibraltar, Liechtenstein, Turkmenistán, la Antártida y Corea del Norte. Por su parte, con tono solemne, la señora de bien se decantó por describir las imponentes relaciones que su llana familia mantenía desde la Edad Media con la nobleza y la realeza patria. Acentuado su predilección por las peteneras, en la segunda parte de su striptease centró su relato en las modestas aspiraciones de sus hijos. El mayor había rechazado una oferta de bróker en Barclays para ultimar la apertura de un after chic en Puertobanús, mientras que el pequeño estaba negociando su pase al Manchester City por orden expresa de Pep Guardiola. Finalmente, procedió a arrancarse las bragas y el sujetador de mercadillo figurado con una jugosa y aterradora confesión. Al parecer, una fuente fiable había revelado a su marido –hombre de altas esferas– que si el Partido Morado ganaba las elecciones se prohibiría la Semana Santa y la Navidad, además de realizarse sacrificios públicos de niños recién nacidos en honor a Marx, Che Guevara, Lenin, Chávez, Stalin y Bolívar.

Quise cuestionar este último punto, pues juraría haber escuchado de otras fuentes fiables que el Partido Morado también pensaba obligar a celebrar el Ramadán, cuando el elegante conductor decidió que era turno de ir deshaciéndose de toda prenda y dejar al aire un cuerpo, que creía, muy bien esculpido. A tenor de sus palabras, se podría afirmar rotundamente que su vida era una mezcla entre la de una estrella de Hollywood y un escritor de libros de autoayuda de reconocido prestigio. Una especie de Brad Pitt castizo que se transforma a su antojo en Albert Espinosa. El sujeto sostenía tener un sueldo incapaz de estimar sin calculadora científica; un apartamento que para recorrerlo de punta a punta se precisaba de varias horas y vehículo motorizado; estar invitado a fiestas con lo más granado del país, en las que todo el mundo lo conocía por ‘El Titi’; y una flota de automóviles imperial. Lo cierto es que me resultaba extraño que hubiera escogido el más destartalado de la flota para la ocasión, pero enseguida olvidé mis reservas sumido en otros fascinantes relatos sobre exnovias que aparecían en televisión, recuerdos de cuando fue campeón juvenil de tenis, waterpolo, judo y petanca el mismo año o la última vez que salió a cazar venados con ballesta junto al emérito monarca. Deseaba interrumpir el discurso con un respetuoso y sincero nos importa una mierda, pero, para mi asombro, descubrí que el resto de pasajeras lo escuchaba con inquebrantable admiración.

Faltaban tan sólo cincuenta kilómetros para llegar a nuestro destino, cuando el conductor me preguntó con aires de suficiencia que a qué me dedicaba y por qué me dirigía a Abrevadero del Porcino. En ese momento, empecé a sentir sudores fríos, el corazón quería salir disparado y en mi cabeza un tumulto de ideas chocaba entre sí. Pensé en decir la verdad, que era un humilde banderillero que iba al congreso nacional de encurtidos a presentar mi última creación. Sin embargo, un instinto salvaje me sacudió invitándome a no ser menos que nadie. Así pues, caí en la tentación de edulcorar un poco mi vida.

Revelé que tenía un oficio vital para sostener la paz del país y que iba camino de una importante reunión. Ávidos de saber, el resto de tripulantes me tiró de la lengua hasta límites insospechados, y proseguí mi historia confesando que era el líder de una importante banda de crimen organizado y que me iba a reunir con un hombre cercano al gobierno para un intercambio de armas que guardaba en mi maleta. Instantes después, sorprendidos por la relevancia de mi persona, se hizo en el coche un silencio placentero que se prolongó hasta el final del viaje.

Aunque no lo llego a comprender muy bien, al poco de bajar recibí un mensaje que anunciaba la cancelación de mi cuenta de usuario. Por suerte, no pensaba hacer nunca más uso del maligno servicio.

Ahora, rescatado de ese mundo plástico, viajo hacia mi pueblo, Torre Estiércol, en un modesto autobús entre anónimos, con un reconfortante silencio sólo interrumpido por agradables ronquidos y flatulencias, mientras anuncio en todas mis redes sociales que mi banderilla con doble aceituna ha sido elegida para ser servida en restaurantes de más de tres estrellas Michelín por todo el mundo. O en el tugurio de la esquina, qué más da.


Imagen vía La Vida Moderna
Relato inspirado en el Taller Escríbeme Mucho