Vida Moderna

La invasión de los domingueros

Se me ocurren pocas actividades tan degradantes para el ser humano como la de ir de picnic un domingo de verano. Quizá tatuarse el nombre de la tía abuela Hortensia en élfico sobre la nalga derecha o camperizar un cascajo motorizado rivalicen con dicha práctica. El caso es que este fin de semana organicé un picnic del cual todavía estoy tratando de recuperarme.

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Microrrelatos

De pajas y vigas

Juanma Montes es un hombre que se desvive por los demás. Como cada mañana, se asoma a la ventana y observa los movimientos del vecino de enfrente mientras refunfuña. «¡Habrase visto semejante descaro! A éste lo que le pasa es que está embrutecido. Con el dinero que gana y tiene la casa que parece una leonera». Una sucesión de taconeos sobre su cabeza capta súbitamente su atención. “Ya está, la que faltaba para el duro”, se dice Juanma Montes con tono derrotado. “Ésta seguro que viene de hacer la noche. Desde aquí huele a rímel y cipote. ¡Córtate un poco, carayegua!”, grita con el cuello retorcido hacia arriba. A continuación, ve pasar en la calle a un grupo de chicos subsaharianos que van hacia la escuela. “Qué asco de gentuza. Entre estos, los chinos, los panchitos y los moros se están cargando el barrio. Y además a éstos les mantenemos nosotros con nuestro dinero. ¡Putos traidores que tenemos en el gobierno!”

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Relatos · Vida Moderna

Talleres de escritura

Durante esta última semana he asistido a un taller de escritura creativa. Todo comenzó al abrir por error uno de los correos de la lista cultural de la empresa, ignorados sistemáticamente por la plantilla si no en el asunto no se incluye la palabra “alcohol” o “gratis”. En él se anunciaba que la profesora del taller sería la distinguida escritora Caballa Gómez, de la cual no había oído hablar nunca. Tras buscar su nombre en Wikipedia, descubrí que se trataba de una autora reconocida con distintos premios de narrativa, publicaciones en editoriales de la talla de Crucigrama o Deltaguara que habían sido traducidas al suajili y a un par de lenguas esquimales, articulista en periódicos de tirada nacional, presentadora de un podcast sobre mitología egipcia y madre de cinco hijos en sus ratos libres.

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Madrid

Así da gusto la sierra

Madrid es un lugar propicio para que surjan todo tipo de planes. Los fines de semana que paso aquí mantengo mi agenda despejada a la espera de llenarla espontáneamente con unas cervezas para celebrar que Madrid es la nueva capital de la libertad, ir a echar la siesta en las butacas de una función alternativa, una barbacoa en casa de los del puesto de verduras o, incluso, una orgía con los vecinos de en frente. La cantidad de ofertas de ocio no asegura necesariamente que se acaben realizando. Todavía no tengo claro el motivo, pero existe una fuerza que invita a cancelar los planes a última hora con sus consabidas excusas. La formalidad debe ser un concepto que se evapora por efecto de la boina de polución o que sólo se estila en las gentes de provincias.

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Relatos

La zanja de la paternidad

Estoy llegando a una edad muy delicada. No me preocupa adentrarme en el ecuador de la vida o haberlo traspasado y estar perdiendo el tiempo en lugar de elegir una bonita urna funeraria. Tampoco me molesta levantarme y descubrir zonas de mi cuerpo fruto de su oxidación; el aumento exponencial de la duración de las resacas; haber cambiado los estruendosos casetes de Eskorbuto y Cicatriz por listas de jazz para pusilánimes; o mirarme en el espejo y descubrir que me estoy convirtiendo en mi padre. Todos estos cambios, aunque penosos, son predecibles al formar parte del orden natural de las cosas.

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Madrid · Relatos

A la caza del famoso

Desde que llegué a la capital no paro de toparme con gente famosa. Los autóctonos son conscientes de que la gente importante suele afincarse en su ciudad y no se inmutan lo más mínimo si ven al presentador de ‘La ruleta de la suerte’ practicando la cleptomanía en una tienda de lencería femenina. Sin embargo, para un recién llegado de provincias como yo, vivir entre la crème de la crème es una circunstancia que genera una tensión permanente y el riesgo de cortocircuitar.

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Madrid

Adelanto de ‘Un gañán en la capital’

He de reconocer que le he cogido gusto a la huida hacia delante. Un día surge la posibilidad, sin que un signo de emoción o de contrariedad decante la balanza. Al siguiente, sin nada mejor que hacer y vencido por la indiferencia, me encuentro tomando un tren o un avión hacia una nueva ciudad. En un primer instante, la oportunidad de volver a empezar me embriaga; luego me devora la melancolía a medida que me acerco al destino. La nueva etapa de mi eterna huida se llama Madrid y, a tenor de lo que promete las vinculaciones contractuales, apunta a ser una parada larga. Quizá descubra de qué huyo. Quizá ya esté preparando la próxima huida.

*Próximamente, en este blog, pantallas de baja moral y palabras que nadie ha pedido leer, ‘Un gañán en la capital’, la epopeya de un idiota que va a por lana y sale trasquilado.

Relatos

Anda suelto Satanás

Conseguir la salvación que anuncian las sagradas escrituras es una tarea repleta de peligros e improvistos, pero altamente estimulante para el anecdotario.
Como cada domingo, me atavié con mis mejores galas un mono embadurnado de aceite industrial y unos zapatos de payaso para asistir a misa de primera hora. Entre cabezada y cabezada meditaba acerca del dineral que debían invertir los hombres lobo en fotodepilación, de los que se habla más bien poco, cuando unas palabras del sermón me sacudieron. “Ronda por las calles una terrible amenaza. Desprende un azufre que corroe los valores que Dios legó a los hombres. Tened cuidado porque, a pesar de tener rabo, cuernos y tridente, sabe cómo seducir. Os hablará de orgías, drogas, banquetes y otros placeres superfluos. Hermanos, anda suelto Satanás”. El cura continuó con su intensa verborrea, aconsejando cómo combatir la presencia del diablo. Sin embargo, mi capacidad de atención era demasiado reducida para seguir escuchando. Por suerte el mensaje de alerta ya había penetrado en mis sentidos. Mi firmeza ante el enemigo sería infranqueable.

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Viajes

Serbia: El Corazón De Yugoslavia

Meses después de regresar de Serbia, no sé aún por qué acabé en tan singular país. Aparte de ser feliz, autorrealizarse y salir de la zona de confort, una de las preocupaciones contemporáneas es elegir destino vacacional. Ha de ser exótico y acogedor, que transmita su cultura a través de su gente y su gastronomía. Y, lo más importante, que permita saturar de instantáneas las redes sociales. No tenía claro si estas premisas se cumplirían en el caso de Serbia. A decir verdad, más allá de sus recientes refriegas bélicas, sus hitos en el mundo del deporte y las reminiscencias de tiempos pasados, del corazón de la antigua Yugoslavia no encontré excesiva información. Incluso tuve que comprar la guía turística en italiano. El atractivo del desconocimiento y el aislamiento, junto a unos billetes de avión a precio razonable, me convencieron para recorrer parte de los Balcanes en poco más de una semana.

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Navidad

El milagro de Santa


Preveía la Nochebuena más anodina de mi bochornosa vida. Tras una serie de desafortunados incidentes relacionados con el protocolo y la corrección, mi familia había vetado mi asistencia a la cena a cambio de las cabezas de langostinos y los huesos de cordero sobrantes. Para la cena compré una pizza precocinada y me estiré con la marca del cartón de vino. Encendí unas velas e incienso que había tomado prestado de la iglesia y de fondo puse en bucle el clásico, injustamente defenestrado, ‘Santa Claus Llegó A La Ciudad’ de Luis Miguel. Además de un chaleco reflectante y unos pantalones de licra verde, me engalané con una diadema de reno y una nariz que emitía una siniestra luz roja.


Al terminar el solitario banquete, me dirigí a participar en la Misa del Gallo. En un gesto para reivindicar la igualdad de género, me hice acompañar por la gallina más refinada de la granja. Mientras me preguntaba que qué clase de padres tenían la desfachatez de parir año tras año al mismo niño sobre un humilde pesebre y obviar la existencia de hospitales y sanidad pública, la gallina se puso a cacarear como una descosida y tuve que escapar antes de recibir la comunión. En la puerta de la iglesia presencié una inesperada aparición. Un grupo de seis galgos famélicos tiraban de una suerte de carreta destartalada que conducía un tipo vestido con un traje de franela rojo, pelo largo y barba blanca. En lugar de una generosa barriga, el cuerpo del extraño era escuálido. Al verme me saludó con un triste “¡Ho ho ho, Feliz Navidad!”, lo que me permitió contemplar que apenas tenía dientes y padecía una terrible melopea. El tipo estaba flanqueado por una bolsa de tela negra que parecía cargada. Con unas torpes señas, el extraño personaje me invitó a subir y acompañarle.
Tirado por los galgos incansables, el carromato se adentró en los barrios de la periferia. Las fogatas en barriles de gasolina, corrillos de guitarras y voces perfumadas que cantaban villancicos y algún que otro equino suelto custodiaban la entrada a los poblados olvidados por las autoridades. Mientras tanto, el supuesto Santa Claus me advertía sobre mi cometido. Al llegar a la casa señalada, Santa tomaba uno de los paquetes de la bolsa y lo entregaba a cambio de un puñado de billetes. Desde la carreta yo vigilaba el resto de la mercancía y procuraba que la cuadrilla canina se hidratara y repusiera fuerzas con un paté enriquecido en proteínas y anfetaminas.
Se atisbaban los primeros rayos de sol cuando procedimos a repartir el último regalo. Desde un extremo de la avenida empezaron a acercarse a toda velocidad varios coches de un aspecto tan moderno y limpio que resultaba difícil pensar que procedieran de la zona. Sin pensármelo dos veces, tomé a mi gallina bajo el brazo y juntos nos adentramos en las tinieblas que limitaban las chabolas. Los automóviles frenaron bruscamente a la altura del cargamento y de ellos salieron cerca de diez tipos armados que en pocos segundos dieron caza a Santa poniendo fin a su noche de desenfreno y alucinación.

Desde las hamacas de un paradisiaco resort del Mar Menor, junto a mi fiel gallina, degustando un delicioso mojito y con unos tímidos rayos de sol cubriendo mi rechoncha figura, he podido escuchar que anoche la Guardia Civil dio caza a un insólito traficante. Aparte de ir ataviado de Santa Claus y de descubrir un laboratorio con toneladas de estupefacientes, lo más sorprendente del caso es que no se requisó ni un euro. La policía sospechaba estar frente a una especie de Santa Hash, un fantástico ser que obsequia a sus clientes con mercancía gratuita en Nochebuena. “Es la magia del espíritu navideño, que también se apodera de los narcotraficantes”, aseguraba el jefe de policía. Mientras recontaba el aguinaldo que me había llevado de Santa Hash, no podía disimular mi satisfacción al haber contribuido al alumbramiento de tan extraordinario milagro.

Navidad

Falaz Navidad

Descubrir una mentira es doloroso, pero con el tiempo se convierte en necesario y reparador. No solemos estar preparados para tolerar el engaño, asumir la falacia o convivir con la ira o el rencor. Cuanto mejor construido esté el embuste, más traumático se convierte el proceso para asumir la verdad. Hay mentiras que son piadosas, otras que son un reguero de pólvora esperando mecha y algunas sumamente resistentes e impenetrables. Cuando un niño forma parte de la ecuación, todos sus elementos se vuelven más sensibles y la capacidad de destrucción se torna imprevisible.

Tenía siete años cuando descubrí que la Navidad que celebrábamos en casa era una farsa que se sustentaba sobre otra farsa aún mayor: mi vida. Hacía ya un tiempo que mi padre, del cual apenas conservaba recuerdos, había decidido recoger sus cosas y huir. Mi madre no pareció darle mayor trascendencia y actuó como si nada hubiera ocurrido. En realidad, no creo que el abandono de mi padre le pillara por sorpresa e intuyo que quizá le supusiera cierto alivio. A mis preguntas sobre su paradero y cuándo volvería, mi madre contestaba que estaba trabajando y que tal vez algún día regresara.
No sé si tuve una infancia que se pudiera catalogar como normal, pues es éste un concepto muy relativo. Es difícil que Tarzán o Mowgli fueran conscientes de que su infancia era cuanto menos peculiar. Yo por mi parte, era un niño bastante tranquilo, responsable y obediente. Recuerdo, como particularidad, que pasaba mucho tiempo solo en casa cuando mi madre salía a trabajar. Para entretenerme en mis tardes y noches de soledad, ella bajaba al videoclub y alquilaba algún VHS. Los que más me fascinaban eran los documentales de animales salvajes. Entre ellos, me impactaron los de leones en la selva amazónica, el despiadado ataque del tiburón blanco o el apareamiento entre osos polares del Ártico. Los comportamientos de las bestias son tan sencillos que se convierten en la mejor fuente para un niño en pos de descifrar a los adultos.
Otras veces, mi madre optaba por dejarme en casa de alguno de sus variopintos amigos, sobre todo cuando hacía el turno de noche. Aún recuerdo a Katerina, una joven búlgara que apenas sabía hablar nuestro idioma, quien compartía un piso cochambroso con otras chicas del Este y que siempre preparaba para cenar gyuvech, una especie de estofado con carne y verduras. También me acuerdo de Baakir, un senegalés muy divertido, de enormes proporciones que se pasaba las madrugadas escuchando música reggae y fumando hierba.
En casa siempre tuvimos de todo. Mi madre tenía la intención, que con el tiempo se convertiría en obsesión, de que a su niño no le faltara de nada. Siempre vestí con ropa de marca, tuve las zapatillas de jugar a fútbol más brillantes, juguetes de todo tipo y un elenco de aparatos electrónicos que me convertían en la envidia de todo el colegio. Incluso llegamos a mudarnos a un amplio chalet con piscina y jardín. A todas luces hubiera parecido extraño que una camarera pudiera disfrutar de una vida tan holgada, pero aún mi inocencia no me permitía albergar sospecha.
Dentro de la obsesión de mi madre, las navidades suponían una gran oportunidad para demostrar su prosperidad y el amor desaforado por su niño. La cena de Nochebuena congregaba a toda su fauna de colegas, con Katerina y sus compañeras a la cabeza, además de Baakir, caracterizado como si fuera el príncipe de una tribu bereber, junto a otros personajes y sus respectivas extravagancias. Mis abuelos, tíos u otros familiares no estaban invitados. En la mesa no faltaban gambas frescas, salmón ahumado, anchoas de Santoña y pata de cordero al horno. El festín era convenientemente regado con botellas de vino y champán como antesala de una fiesta que se prolongaba hasta el amanecer. Al despertar encontraba a algunos de los asistentes dormitando o en estado de descomposición sobre el suelo o la bañera.
Otro de los grandes acontecimientos en casa era la noche de reyes. Mi madre vigilaba con recelo mi redacción de la carta y sugería algunas correcciones. Si pedía un Atlas de National Geographic y un documental sobre orangutanes de Indonesia, ella le añadía una bicicleta, una consola y un walkman. No satisfecha, durante la mágica noche, hacían acto de aparición sus majestades Melchor, Gaspar y Baltasar a colmarme de atenciones y regalos. Todavía conservo algunas fotos en las que se me aprecia en estado de alucinación por tal deslumbrante experiencia.
Sin embargo, la noche de reyes de mis siete años fue la última y más dolorosa. Después de que los reyes me regalaran una televisión para mi habitación, un coche teledirigido y una videoconsola de bolsillo, me fui a la cama por orden de mi madre. Entre las sábanas, me dispuse a convertirme en un gran entrenador Pokémon, que era un mundo que me daba bastante igual. Aun así, experimenté gran curiosidad por todos esos monstruos que luchaban entre sí y aquel niño que viajaba alrededor de un mundo ficticio para enfrentarse con otros entrenadores. Entonces, interrumpieron unos alaridos salvajes que procedían de la habitación materna. Al abrir la puerta, como si se tratara de una escena del documental sobre el apareamiento de osos polares, encontré a Baakir ataviado con la capa de Baltasar mientras mi madre le practicaba una felación. Al otro lado, ubicado tras las nalgas, agitaba violentamente sus caderas el mismísimo Gaspar, a quien no logré identificar. Mi madre saltó como un resorte de la cama y me llevó a mi cuarto entre empujones. La imagen que acababa de presenciar se repitió en mi cabeza durante toda la noche.
Al tiempo, mi madre decidió cambiar de vida y comenzó a trabajar en un supermercado despachando pescado. Nos mudamos a un pequeño piso de un barrio humilde, donde las paredes olían a humedad y los electrodomésticos dejaban de funcionar espontáneamente. También dejé de frecuentar las casas de Baakir y Katerina. Nunca más supe de ellos. En la Navidad siguiente, el solomillo fue el plato estrella de la cena de Nochebuena. No hubo noche de reyes y a la mañana recibí una enciclopedia desgastada de manos de mi madre. Nunca un regalo me ha hecho tanta ilusión.

Viajes

Viena: Casi todo igual

La indiferencia me brindó un cálido recibimiento en Austria. Fue en uno de esos puentes fijados en el calendario para aflojar las cadenas del trabajador. Esparcimiento en el que gastar los últimos céntimos del salario. Los algoritmos de los buscadores de vuelos propusieron Viena como destino. Las plataformas destinadas a compartir alojamientos turísticos ofrecían un techo económico. Me proponía explorar culturas recónditas, conocer diferentes formas de relacionarse, rastros de civilizaciones extintas, perderme en calles limitadas por arquitecturas medievales y rodearme de desconocidos que se comunicaran en un idioma indescifrable para mis oídos. Quizá pequé de idealista.

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