Bocachancladas

Capacidad de adaptación y animales de costumbres

Dicen que el ser humano ha dilapidado su capacidad de adaptación, que se ha vuelto un animal de costumbres. Es posible que así sea, pues somos demasiados como para preguntar a todo el mundo y extraer alguna certeza sobre esta apasionante cuestión o la idoneidad de practicar la masturbación con velas aromáticas.

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Relatos

La voz interior

Llevo unas semanas sin escribir. No me ocurre nada grave, sólo que no tenía nada que contar. Mientras tanto me he dedicado a sobrevivir, a observar el devenir de estos tiempos raros y a intuir por dónde irán. Sobra decir que he fracasado, pero no me siento especialmente culpable o apenado por ello.

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Bocachancladas

Miedo a lo desconocido

La valentía nunca ha formado parte de mi escasa lista de virtudes. Desde que tengo uso de razón, temo por igual al silencio y al ruido, por eso siempre tengo encendida la radio como si fuera un murmullo. Cuando me topo con animales y personas desconocidas en la calle, procuro cambiarme rápidamente de acera, lo que convierte a mis paseos en figuras que desafían los axiomas de las geometrías conocidas. Me alimento tan sólo de insípida molla de pan y agua, pues me aterran los sabores picantes, amargos, ácidos, salados y, especialmente, los dulces. Podría decirse que lo conocido es el único refugio donde me siento seguro, aunque rara vez se manifiesta voluntad por extenderlo. Sin entrar en precisiones médicas, cabría diagnosticar un severo cuadro de fobia a lo desconocido.

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Relatos

Guerra y paz en las noches de verano

Las noches de verano son escenario de batallas silenciadas. Una de las más populares es el ardor de estómago contra su propietario, tras un atracón de ensaladilla con mayonesa pasada y cerveza depravada. El calor también tiene el poder de masacrar toda dignidad de su adversario, devolviéndosela únicamente al frotarse la entrepierna con cubitos de hielo. Otra guerra de consecuencias impredecibles es la de los cuerpos ardientes que se atraen y se repelen según se imponga los batallones del sudor o la excitación.

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Vida Moderna

Vacaciones en tiempos de pandemia

Las vacaciones en pandemia no conocen distinción entre bochorno y aventura. Bajo la amenaza de que éstas son las últimas de la historia —antesala del apocalipsis o la extinción—  y la sutil advertencia de que el pueblo llano es el encargado de reactivar la economía —semanas antes de ser culpabilizado por vivir por encima de nuestras posibilidades—, me animé a comprar un paquete vacacional. Con cuatro garabatos y unas fotografías de unas sirenas inflándose a langostas a la brasa, el comercial me convenció de que veranear en las playas de Tócame Roque era mucho más económico que quedarme en casa con la bolsa de judías congeladas en el sobaco.

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Relatos

Trabajos Nocturnos

Hubo una época oscura en la que no tenía trabajo ni esperanzas. Vagaba por las calles cargado de currículums, buscando algún rincón donde esparcirlos. Licenciaturas de cómo perder el tiempo, cursos de especialización en el escaqueo y una amplia experiencia en el campo de la resaca adornaban mi carta de presentación. A medida que caía la tarde, me dejaba vencer por la resignación. Abandonaba el montón de copias dentro de un contenedor y me acercaba al parque a disfrutar de las cálidas historias de vagos y maleantes.

Una noche, El Pálido, un quinqui fascinado por las novelas de Bram Stoker, me comentó que la empresa de su familia buscaba a alguien. Al haberse quedado sin dientes, El Pálido había dejado de trabajar de cara al público para ocuparse de atención al cliente. La empresa necesitaba sangre fresca para el turno de noche. Bastó un encuentro con el director, tío abuelo de El Pálido, para ser contratado. El jefe ostentaba también el título de conde. A pesar de su noble origen, el Conde era una persona cercana. Con paciencia me explicó los pormenores de mi cometido. Cada día me entregaba un listado de personas a las que debía visitar mientras dormían. Sigilosamente, me debía acercar por un costado, morderles y absorber la mayor cantidad de sangre. No era el trabajo de mi vida, pero era mejor que nada.

Tras algunos despropósitos fruto de la inexperiencia, fui mecanizando el trabajo hasta convertirme en un meticuloso e infalible chupasangre. Las largas jornadas me dejaban exhausto como para hacer otra cosa. No tenía apenas días de descanso, vacaciones y el sueldo era poco más que el mínimo. Reclamé al Conde mejores condiciones. A pesar de estar satisfecho con mi rendimiento y con el flujo de sangre conseguido, aludió a la crisis del sector y los recurrentes problemas judiciales para no satisfacerme. Con la tasa de desempleo que tenía el país, bastaba un chasquido de dedo para conseguir otro desesperado que estuviera dispuesto a succionar cuellos desconocidos a cambio de una miseria.

Así pues, me despedí del Conde y el vampirismo profesional. Por fortuna, poco después, empecé en un sector más honrado. Trabajo en una sucursal de un gran banco. Sin embargo, todavía hoy, de vez en cuando me levanto con la boca empapada de sangre.

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Relatos·Vida Moderna

La Ciencia de la Vergüenza Ajena

Ir de congreso es una aventura comparable a convivir con una tribu de la selva africana.
Cargado de ilusión, con ganas de aprender y compartir mi humilde conocimiento, empaqué mi petate y crucé medio país y parte del extranjero en avión, tren, autobús, blablacar y, finalmente, autostop en un camión cargado de ganado porcino. Al llegar a la ciudad del evento, diluviaba a cántaros y el lujoso hotel que me había reservado la organización, estaba localizado en lo alto de una colina, a una media hora de distancia a pie. Completamente empapado entré en la recepción. Allí me indicaron que, a pesar de contar con unas encantadoras vistas de la frondosa región, mi habitación estaba situada en el sótano debido a un percance de última hora. Además, me avisaron de que como el armario de mantenimiento estaba situado en mi habitación, el conserje, el jardinero y el servicio de limpieza podrían entrar a cualquier hora del día o de la noche a mi habitación. El cuartucho no tenía ventanas y no cesaba el estruendo de los comensales revoloteando por el salón. El colchón estaba tan vencido que me recordaba a una de las colchonetas donde saltaba de niño en la feria de mi pueblo.

Sin embargo, no había motivo para el lamento, debía sentirme afortunado: alguien había considerado que era lo suficientemente interesante como para hablar en un congreso de física nuclear. Por la tarde estaba citado para atender a los medios locales. Me puse mis mejores galas mientras repasaba una serie de frases elocuentes para explicar mi investigación a un público general. Sin embargo, la periodista no parecía estar muy interesada en la ciencia y prefirió abordarme sobre cuestiones relacionadas con extraterrestres, teorías de la conspiración y su relación con los nazis. Por la tarde leí la entrevista publicada en versión digital. Poco o nada tenía que ver con mis palabras, bajo el titular: “Albert Einstein era un pirata sanguinario que venía de un planeta llamado Madaga. La teoría de la relatividad es una estafa auspiciada por los nazis“, declara el Dr. Guadalmedina.
A la noche acudí a la cena de gala, en la que la organización había prometido que probaríamos los productos típicos de la región. Resultaron ser hamburguesas y patatas fritas de bolsa a medio descongelar. Mientras disfrutábamos de la velada, decidí sumergirme tímidamente en el alcohol, pero parecía que alguien había pensado que dos botellas de vino peleón eran suficiente para las treinta personas congregadas. Al menos, no era de cartón, pensé para mis adentros. Intenté socializar con mis colegas, a los que prácticamente no conocía, pero ellos parecían decantarse por mirar al techo, hacerse pasar por mudos o fingir que estaban sufriendo un ataque al corazón antes que hablar conmigo.
En esas situaciones es cuando recuerdo por qué hay veces que las personas sentimos la necesidad de resolver nuestros desbarajustes y frustraciones con una copa, o dos. Inesperadamente, a una de las viejas eminencias parecía haberle caído en simpatía. El tipo me emplazaba a charlar de forma tranquila mientras tomábamos un destilado en algún tugurio. Después de unos licores, mojitos, gintonics y tequilas, empecé a tambalearme desorientado, pero el profesor insistía en que fuéramos a agitar el esqueleto. Alrededor de las cinco de la mañana, me di cuenta de que estaba completamente borracho, bailando reggaetón encima de una tarima con un señor mayor que acababa de conocer en una discoteca vacía, cuando debía estar descansando para dar una charla decente al día siguiente.
Prácticamente tuve el tiempo justo de pasar por el hotel a ducharme rápidamente, enjuagarme la boca diez veces y salir pitando para la conferencia, aún con el hedor a resaca en mi boca y en mi cabeza. Nada más sentarme, caí profundamente dormido. Por suerte, en una de las cabezadas comprobé que el resto de los asistentes también lo hacía o jugaban al solitario en sus teléfonos móviles. En cierto momento me despertaron una serie de gemidos lascivos. Provenían del ordenador de uno de los catedráticos más prestigiosos, que además tenía fama de ser extremadamente religioso. No podía silenciarlo y los aullidos pornográficos se clavaban como puñales en la sala. El congreso proseguía, pero el mal ya estaba hecho.
Al final de la mañana, era mi turno. Tras la presentación, descubrí mis transparencias proyectadas en la pantalla y me pregunté: ¿de qué venía a hablar yo? ¿En qué idioma era esto? Por suerte mi boca se avanzaba a mis preocupaciones y empecé a hilvanar un discurso que me pareció coherente. A los pocos minutos, descubrí que prácticamente nadie seguía mi soflama acerca de potenciales que saltan, energías que explotan y partículas que se atraen como dos jóvenes en celo. Para refrenar mi presentimiento, se me ocurrió decir que acababa de descubrir que la Tierra era plana, a lo que un estudiante de doctorado joven asintió de forma rotunda. Al acabar mi intervención, la gente aplaudió emocionada. Después, alguien con sed de protagonismo me lanzó una pregunta que no logré tan siquiera descifrar. Así pues, respondí que la pregunta era brillante, pero que no podía revelarle la respuesta a menos que no le matase delante de todo el público. Acto seguido, se escuchó alguna carcajada y yo respiré aliviado mientras el sudor bañaba mi espalda. Acababa de evitar un ridículo mayor.
Terminado el congreso, salí escopetado de regreso a casa. Estaba sano a salvo y mi escasa reputación permanecía casi intacta. Me juré que si me volvían a invitar a otro congreso desconocido, declinaría la propuesta.
Sin embargo, hace un rato, he recibido un correo con una invitación para participar en un workshop sobre “Simulaciones Casi Electromagnéticas” en un pueblo perdido de la República Checa, repleto de preciosos castillos e idílicos paisajes. La organización promete colmarnos de cerveza, salchichas de ciervo y enseñarnos a bailar el típico baile regional. Habrá que…