Relatos · Vida Moderna

La gran noticia #3

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La última vez que caí enfermo contaba con cinco años de edad, hace más de un cuarto de siglo. Creo recordar que fue a causa de un brote de gripe que se difundió por medio colegio y estuve entrando y saliendo de la cama alrededor de una semana. Puede, no obstante, que mi memoria haya deformado dicho acontecimiento pues aquel recuerdo está situado en el filo del comienzo de mi memoria. A decir verdad todos los recuerdos que tengo cercanos a esa edad, como asombrarme por ver una ciudad espléndida desde la ventanilla del coche de mi padre o agacharme dentro de la bañera para que mi madre recorriera mi cuerpo con la esponja, no sé si en realidad ocurrieron o son una paulatina deformación de mis recuerdos. El caso es que desde aquel momento jamás había faltado al colegio, al instituto, a la universidad, a ninguna de mis variopintas maneras de ganarme la vida, a una acampada o a un concierto aludiendo por motivo una enfermedad. No ha habido anginas, tos, afonía, circuncisión o resaca que haya conseguido derribarme. Ahora, una carcasa de plástico me obligaba a pasar una semana encerrado en una habitación.

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Relatos · Vida Moderna

La gran noticia #2

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“Estás ardiendo. ¡Ay, Dios, que has cogido la covid! Corre a hacerte un test de antígenos”. Aunque la conjetura de mi novia fuera cierta, ¿es que acaso no podía irme a dormir al sofá y hacer la prueba la mañana siguiente? Ningún artículo científico ha apuntado aún que el virus pueda coger la puerta e irse de vacaciones. ¿En qué momento habíamos perdido la capacidad de soportar la incertidumbre unos minutos? Hemos evolucionado, desde luego, pero en las cosas más básicas a peor. A mi pareja la llevo conociendo un tiempo y por fin empiezo a darme cuenta de qué guerras no merece la pena librar. En nuestros comienzos hubiera disfrutado de una buena contienda por ver quién de los dos es más cabezón, de la lucha dialéctica y ver la sangre del enemigo correr bajo mis barricadas, de las batallas con forma de discusión, de los retrocesos de líneas mediante silencios, de la retirada para rearmarse de razones y, en último lugar, de firmar un placentero armisticio con los cuerpos desnudos y bañados de lujuria y redención. Así pues, me incorporé en un lado de la cama sin saber muy bien si estaba en casa o si aún seguía rodeado de la muchedumbre del sueño con el tipo de la capa negra acechando. “Claro que sí, cariño, hazme el test y todo lo que tú quieras”, contesté fingiendo dulzura. Mi pareja es una persona de altas capacidades, entre las que destaca la saña con la que maneja la prueba de antígenos. Si se lo propone, es capaz de introducir el hisopo con tal precisión que con él puede acariciarte los pulmones, los riñones o el tuétano. En cuestión de segundos las gotas de reactivo mezclado con la muestra de mis fosas nasales y garganta estaban siendo analizadas en una carcasa de plástico de fabricación china. Al pasar la mano por la frente comprobé que estaba ardiendo y una masa viscosa taponaba mi nariz. El resultado, sin embargo, fue inequívoco: negativo.

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La gran noticia #1

Hace unas semanas se confirmó una gran noticia. Una noticia que llevaba esperando varios años y que por fin iba a darme el ansiado y definitivo rumbo en mi vida. No cabía en mí de la satisfacción y de la emoción. Los esfuerzos y las penurias por conseguir el objetivo se habían reducido a meras anécdotas que sólo servirían para agrandar la gloria. Enseguida llamé a mis padres y a mi pareja para comunicarles la buena nueva y compartir la emoción desbordante. Redacté un escueto mensaje de WhatsApp que deslicé entre varios familiares y amigos cercanos. “Enhorabuena, fiera”, “El esfuerzo siempre tiene su recompensa”, “Que Dios te bendiga, muchachito”, “No sé quién eres, pero me alegro de lo tuyo” fueron algunas de las réplicas. Aquel día concluí la jornada laboral antes de lo que marca mi contrato y me dispuse a disfrutar de la celebración con la que había fantaseado miles de veces.

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Certamen de gruñidos porcinos

No debería, pero he vuelto a caer en el peor error que puede cometer un aspirante a escritor. He leído los relatos finalistas del XIV Certamen Literario ‘Come jamón, escribe un montón y engorda el corazón’, al cual me presenté. Suelo lanzar mis textos a estos concursos con la misma convicción con la que un universitario se presenta a un examen tras haber estudiado sólo la noche de antes. La mayoría de veces no obtengo respuesta, incluso si figuro entre los seleccionados, a no ser que los organizadores quieran vender el recopilatorio compuesto por otros quinientos seleccionados. En esta ocasión, me enteré del fallo por una casualidad fatal: comprando un paquete de lonchas de jamón envasadas al vacío en la web de Tocino Feliz, la empresa organizadora del certamen.

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La amiga de mi madre

Aunque me pase media vida despotricando contra él, he de admitir que el capitalismo salvaje tiene sus ventajas. Sin ir más lejos, ha conseguido que yo, una persona carente de afecto, sin alma y fría, sea capaz de demostrar sus sentimientos mediante una tarjeta de crédito, un par de clicks y explotar al sufrido e incansable repartidor de Amazon. Nada más llegar el paquete, tu abuelo queda complacido con su paquete de viagra del Himalaya. Tu padre rebosa felicidad por su nueva motosierra, aunque no tengamos jardín. Tu primo de doce años, rebelde e indomable, te trata de divinidad por comprarle un videojuego que le permite ponerse en la piel de un narcotraficante en las favelas de Rio de Janeiro. Sin embargo, el capitalismo tiene esa capacidad de que lo que surge como una solución inmediata puede tornarse en un problema a la larga.

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Relatos

Despedida En La Granja

Este pasado fin de semana estuve en mi primera despedida de soltero. Se trataba de la protagonizada por uno de mis grandes amigos: Oso Jones, al cual conocí cuando ambos cursábamos económicas en la universidad. Él había venido en un programa de intercambio entre osos pardos de Alaska y colibrís locales que iban a aprender inglés en sus gélidas praderas. Tras probar nuestro suave clima y el salmorejo, el rebujito y las fiestas flamencas, Oso Jones se enamoró de una muchacha de por aquí, fue correspondido y decidió establecerse definitivamente por estos lares.

Vaya por delante que no me convencía la idea de celebrar el adiós a un mero estado civil, pero la ocasión de reunirnos un buen puñado de viejos amigos me parecía suficiente buena excusa. Además de mí mismo, completaban la jauría un delfín refugiado de la guerra de Siria, un chimpancé caribeño, un cocodrilo de Jaén que ejercía de dentista y un majestuoso halcón que acababa de abrir su propio centro de yoga. A priori éramos un grupo muy heterogéneo, pero sentados en la terraza de un bar podíamos llegar a ser asombrosamente compactos.
Tiempo antes del evento, decidí tomar las riendas y comencé a organizar las actividades que conformarían el inolvidable fin de semana que pasaríamos en una ciudad de mar. No queríamos ser convencionales, por tanto apostamos por disfrazar al novio de Oso Polar, su gran competidor, meterlo en el maletero de un coche y dar vueltas por la ciudad sin ningún tipo de dirección ni sentido, mientras en el exterior se alcanzaban los 40ºC. Quería que mi gran amigo Oso extrajera de esta experiencia una metáfora sobre su futura vida de casado, asfixiante y quizá claustrofóbica, pero a cambio casi sufrió una lipotimia que lo manda al otro barrio.
Después de regar nuestros sedientos gaznates con unos vermús, cervezas, licores y vinos con el estómago vacío, fuimos a un escape room. La mecánica de este tipo de salas es la de dejarte atrapado durante un tiempo y tener que superar una serie de pruebas para escapar, las cuales requieren de todo tipo de pericias y astucias. De nuevo, había una metáfora implícita: el matrimonio está lleno de trampas y atajos, los cuales requieren de tu máxima capacidad para sortearlos y salir con vida. La experiencia no pudo ser más desastrosa: Delfín se enojaba ante la falta de humedad, Cocodrilo empezó a masticar los decorados, Chimpancé estaba tan ebrio que se durmió y Halcón volaba la sala de punta a punta emitiendo unos ensordecedores graznidos y lanzando sus excrementos sobre Oso. A los diez minutos conseguimos escapar: nos habían expulsado y nuestra fotografía, ataviados con collares hawaianos, descansaba en la entrada con el fin de que no nos volvieran a dejar entrar nunca más.
Para comer habíamos reservado uno de esos restaurantes de comida exótica que presumían de una puntuación desorbitada. El local estaba impoluto y decorado con sumo gusto, los camareros demostraban una dicción extraordinaria y en el fondo se situaba un escenario donde un joven elefante interpretaba ‘Somewhere Over The Rainbow’ con ukelele. El menú estaba compuesto de koala australiano en pepitoria, estofado de tigre con lentejas, quiche de ratón persa frito y tarta cremosa de tiburón blanco. Todo resultó delicioso. Discutíamos sobre anécdotas que cada uno de nuestros cerebros había trastocado arbitrariamente, contábamos chismes sobre los que no habían venido y, entre tanto, nuestros estómagos feroces no paraban de pedir más raciones, postres, combinados y masajes en los pies, patas, colas y aletas. Nuestro humor cambió súbitamente cuando al pagar dimos cuenta de la triste realidad: Delfín se tendría que quedar toda la tarde y la noche a fregar platos.
Por la tarde, teníamos previsto el plan estrella: visita al zoo y una sorpresa que nadie podía esperar. Paseamos entre leones, debatimos sobre la actualidad del Partido Flamenco con un grupo de garzas y bailamos en la carpa de las nutrias ritmos tradicionales subsaharianos. En cierto momento de éxtasis, vendamos los ojos y las manos a Oso, lo sentamos en una silla, y apareció una preciosa jirafa que protagonizó un elegante y refinado striptease. Esta actividad no contenía ningún símil más allá de la diversión y depravación gratuita, así como la máxima que dice que en las despedidas no hay ley. Durante el baile, Oso se agitaba en su asiento de forma inquietante, su rostro parecía hincharse y adquirir una coloración rojiza intensa. Cuando la jirafa estaba a punto de quitarse la exigua vestimenta, quitó la venda al novio y éste descubrió la sorpresa. Entonces, Oso bramó como un descosido y se zafó violentamente de la bailarina: sufría una alergia a las jirafas que podía ser mortal. Se levantó y desapareció corriendo del lugar rumbo al hospital más cercano.
A partir de ese momento, tengo muy vagos recuerdos de lo sucedido. Debí de pasar por la zona de las serpientes, de las hienas y de los buitres, pues al día siguiente me levanté en medio de un descampado, con la ropa totalmente destrozada por mordiscos, arañazos, la piel succionada en cada rincón y un mapache entre mis brazos al que no quise despertar mientras roncaba con semblante feliz.
Hace un rato, me ha llamado Oso Jones para recordarme que este fin de semana tenemos una nueva despedida de soltero que él mismo está supervisando muy cuidadosamente. ¿Cuál?, he preguntado extrañado, a lo que me ha contestado: la tuya, Cerdo vietnamita con tirantes.

Vida Moderna

Fiebre de la Opulencia Moderna y el Ostracismo (FOMO)

Tengo la sensación permanente de que hay algo que me estoy perdiendo. El tiempo pasa y yo me lanzo decidido contra él. Trato de abarcar toda su extensión y exprimir cada uno de sus segundos como si de una naranja se tratase. Sin embargo, siempre caigo derrotado, extasiado ante su persistencia y ahogado por las manecillas del reloj.

No sé muy bien cuándo empezó todo, pero hubo un comienzo. Recuerdo que antes no era así. Tenía pocas aficiones, ningún interés concreto más allá de ser el primer ser humano que volara con las manos. Empleaba casi todo mi tiempo en mirar a través de la ventana por unos prismáticos, inventar nuevas obras de teatro clásico e interpretarlas en mi mente y, de vez en cuando, estudiar para acabar el último curso de carrera, de la cual arrastraba dos asignaturas desde hacía lustros.
Para salir de esa espiral de ostracismo e indolencia, mis padres pensaron que sería buena idea instalarme una televisión en mi habitación. Al principio no le hacía caso, pero poco a poco fui descubriendo algunas series de sumo interés: Enfermería de Guardia, Sin Peroles No Hay Paraíso o El Caso De La Pantera Asesina. Asimilando las innumerables enseñanzas que aquella caja me daba, empecé a ser consciente de que en estos tiempos convenía estar informado. No había un motivo claro, más allá de no parecer idiota en las elevadas discusiones que se formaban en tabernas y tugurios. Así pues, también fui siguiendo de forma activa las principales tertulias informativas: Debate Porcino, La Actualidad Actual, o, la de máxima audiencia, A Las 5 Por El Culo Te La Hinco. Algunas veces trataba de participar añadiendo sosegadas y meditadas aportaciones: “Cállate, botarate”, “Eso es una conspiración del gobierno chino”, o “Bota, rebota y en tu culo explota”.
Al hilo de estar informado, fui abriéndome a las nuevas tecnologías y consumiendo de manera compulsiva las versiones digitales de periódicos generalistas, revistas especializadas en apuestas caninas, neumáticos de segunda mano e inversión en perfumes de imitación, foros y horóscopos virtuales, los cuales conformaban mis principales intereses. Recientemente, he comenzado a interactuar con el resto de mortales a través de las redes sociales, donde difundo novedades sobre el estado del cadáver de Cristóbal Colón y me mantengo a la última sobre todas las noticias que ocurren a lo largo y ancho del planeta. ¿Sabíais que unos científicos australianos han descubierto que los patos tienen dos patas?
Sin lugar a dudas, el último grito han sido los podcast. Los hay en todos los idiomas y sobre todas las temáticas. Estos últimos días he estado enganchado a la asombrosa historia en ucraniano de un auténtico criminal en serie, un panadero que se llevaba a casa las barras que le sobraban. Después de una emocionantísima primera temporada con cuarenta y nueve capítulos de hora y media de duración, estoy expectante para la segunda en la que por fin Yuri aprenderá a amasar. La gran ventaja de los podcast es la comodidad que ofrecen para poder seguirlos donde quieras: en el transporte público, jugando a la petanca, mientras haces el amor con tu pareja o si te están practicando una vasectomía.
Sin saber muy bien cómo, un día me encontré en casa, aumentando la velocidad de reproducción para acabar la última temporada del Brown Mirror y así poder empezar la nueva sobre la fascinante vida del cantante de rancheras Luis Gabriel. En mi aplicación de podcast tenía miles de avisos sobre audios que aún no había escuchado; el correo electrónico me amenazaba para que escuchase los últimas discos de un grupo de reggae polinesio; Youtube me apremiaba para que viera los últimos tutoriales sobre cómo hacer macramé rodeado de tiburones. Además, mi cuenta bancaria se desangraba en donaciones amistosas a plataformas de streaming audiovisual que tributaban en las Islas Caimán. Mientras tanto, en las calles se levantaba un muro entre lo que era estar a la última y ser un desfasado, entre estar vivo o muerto. Es una situación asfixiante, cada vez necesito más, pero ya no puedo más.
Sigo con la sensación de que hay algo que me estoy perdiendo, de que hay una historia o un conocimiento que requiere todo mi tiempo y mi atención, pero no tengo muy claro cuál. Me encuentro en el espejo y me pregunto: ¿ese de en frente no es uno de los de Walking Dead?

Vida Moderna

Blablabluf

Somos estúpidos, pero, aun así, entrañables. Aunque todavía se desconoce el verdadero motivo y haya multitud de controvertidas teorías, todos los seres hemos sido agraciados con una existencia. Según cómo se mire, esta puede ser más o menos interesante, dinámica, exitosa, divertida, vital o personal. Sin embargo, en muchas parece repetirse un rasgo común que se expande como una plaga: el esfuerzo por demostrar que nuestra existencia, por mísera que sea, es un circo de cinco pistas donde el ilusionismo, el espectáculo y las piruetas imposibles se suceden de forma magistral ante el asombro del público. Afortunadamente, aún conservamos intacta la elección entre pagar y aplaudir hasta que las ampollas pudran nuestras manos, o bien liberar a las desdentadas fieras e incendiar la fanfarria antes de que esta termine por desmoronarse y enterrarnos definitivamente.

A pesar de la inmediatez y la amplitud casi infinita de contenidos y servicios que ofrecen las redes de la tecnología, estas parecen propagar el caos sin ningún tipo de remordimiento y, en contra del pensamiento general, aprietan los grilletes hasta coartar cualquier tipo de espontaneidad o atisbo de libertad. Mismamente, un humilde servidor fue víctima crucificada por el sistema, pero hoy, con las marcas de los clavos en las manos aún abiertas, puedo dar testimonio que aporte luz a este túnel.

En los últimos tiempos, mi profesión de banderillero –aquel que con suma precisión perfora los encurtidos en vinagre mediante un palillo de madera– me ha obligado a atravesar el país de punta a punta. Tras infinidad de viajes incómodos en autocares que paran en todos los pueblos y aldeas que encuentran a su paso, hacer autoestop, introducirme en cámaras frigoríficas o bien agazaparme en remolques de transporte de ganado caprino, me decanté por un servicio de economía colaborativa. Dicho servicio permite enrolarte en un viaje privado que comparte tu destino a cambio de un precio módico y una pizca de simpatía. Después de los recelos iniciales, me convertí en un usuario acérrimo y entusiasta. Intercambiaba risas y profundas reflexiones con el resto de usuarios; animaba a conocidos y familiares a que lo utilizaran a través de amables amenazas a punta de navaja; compraba todo el merchandising oficial; e, incluso, asistía a los eventos que organizaba la empresa. He de confesar que hasta alguna vez hice un uso a posteriori poco moral a la par que lúdico y festivo.
Sin embargo, en mi último trayecto desde mi pueblo, Torre Estiércol, a Abrevadero del Porcino pude dar cuenta de la amarga y desconcertante realidad. Éramos cuatro: un conductor de mediana edad y aspecto elegante, una señora con apariencia de haber disfrutado plenamente de la buena vida y una traveller de una procedencia que obviaré para preservar su identidad, remarcando sólo su afición por la samba y la caipirinha. El viaje echó a rodar con el clásico esquema: unos tímidos saludos, una rápida ronda de presentación, alabanzas al servicio y un acalorado debate sobre el despotismo de la empresa al cobrar tasas abusivas que permitan garantizarle un mínimo funcionamiento. Luego se hizo repaso del elenco de anécdotas que todo el mundo ha escuchado no menos de cien veces y que nadie sabe de alguien que las haya vivido. A saber: uno que se fugó sin pagar, una funeraria que usaba el servicio con el cliente fallecido como pasajero, una pareja de exnovios que se rencuentran en un Cádiz-Barcelona, un viaje que derivó en una orgía en un área de servicio, Elvis Presley viajando de resaca de Benidorm a Marbella en bermudas hawaianas… Nada fuera de lo normal. Lo típico.

Cuando se había cimentado un clima de sincera confianza y amistad de toda la vida, a falta de unos quinientos kilómetros para llegar a Abrevadero del Porcino, atrapados en un atasco, con un calor infernal y sin aire acondicionado, llegó la fase que podríamos denominar como striptease. Motivados por un arrojo de exhibicionismo cuanto menos discutible, los pasajeros comenzaron a desnudarse sin previo aviso. Aunque yo estaba abstraído en mi nueva y revolucionaria creación –la banderilla con doble aceituna–, no pude evitar sentir un poco de curiosidad y escuchar atentamente.

Con ojos emocionados, la travellernarraba anécdotas sobre su viaje que jamás uno podría haber sospechado: maratonianas visitas a galerías de arte, moderadas ingestas de sangría, hombres que se deshacían en delicadas atenciones hacia ella y la invitación de otros travellers a visitar Francia, Gibraltar, Liechtenstein, Turkmenistán, la Antártida y Corea del Norte. Por su parte, con tono solemne, la señora de bien se decantó por describir las imponentes relaciones que su llana familia mantenía desde la Edad Media con la nobleza y la realeza patria. Acentuado su predilección por las peteneras, en la segunda parte de su striptease centró su relato en las modestas aspiraciones de sus hijos. El mayor había rechazado una oferta de bróker en Barclays para ultimar la apertura de un after chic en Puertobanús, mientras que el pequeño estaba negociando su pase al Manchester City por orden expresa de Pep Guardiola. Finalmente, procedió a arrancarse las bragas y el sujetador de mercadillo figurado con una jugosa y aterradora confesión. Al parecer, una fuente fiable había revelado a su marido –hombre de altas esferas– que si el Partido Morado ganaba las elecciones se prohibiría la Semana Santa y la Navidad, además de realizarse sacrificios públicos de niños recién nacidos en honor a Marx, Che Guevara, Lenin, Chávez, Stalin y Bolívar.

Quise cuestionar este último punto, pues juraría haber escuchado de otras fuentes fiables que el Partido Morado también pensaba obligar a celebrar el Ramadán, cuando el elegante conductor decidió que era turno de ir deshaciéndose de toda prenda y dejar al aire un cuerpo, que creía, muy bien esculpido. A tenor de sus palabras, se podría afirmar rotundamente que su vida era una mezcla entre la de una estrella de Hollywood y un escritor de libros de autoayuda de reconocido prestigio. Una especie de Brad Pitt castizo que se transforma a su antojo en Albert Espinosa. El sujeto sostenía tener un sueldo incapaz de estimar sin calculadora científica; un apartamento que para recorrerlo de punta a punta se precisaba de varias horas y vehículo motorizado; estar invitado a fiestas con lo más granado del país, en las que todo el mundo lo conocía por ‘El Titi’; y una flota de automóviles imperial. Lo cierto es que me resultaba extraño que hubiera escogido el más destartalado de la flota para la ocasión, pero enseguida olvidé mis reservas sumido en otros fascinantes relatos sobre exnovias que aparecían en televisión, recuerdos de cuando fue campeón juvenil de tenis, waterpolo, judo y petanca el mismo año o la última vez que salió a cazar venados con ballesta junto al emérito monarca. Deseaba interrumpir el discurso con un respetuoso y sincero nos importa una mierda, pero, para mi asombro, descubrí que el resto de pasajeras lo escuchaba con inquebrantable admiración.

Faltaban tan sólo cincuenta kilómetros para llegar a nuestro destino, cuando el conductor me preguntó con aires de suficiencia que a qué me dedicaba y por qué me dirigía a Abrevadero del Porcino. En ese momento, empecé a sentir sudores fríos, el corazón quería salir disparado y en mi cabeza un tumulto de ideas chocaba entre sí. Pensé en decir la verdad, que era un humilde banderillero que iba al congreso nacional de encurtidos a presentar mi última creación. Sin embargo, un instinto salvaje me sacudió invitándome a no ser menos que nadie. Así pues, caí en la tentación de edulcorar un poco mi vida.

Revelé que tenía un oficio vital para sostener la paz del país y que iba camino de una importante reunión. Ávidos de saber, el resto de tripulantes me tiró de la lengua hasta límites insospechados, y proseguí mi historia confesando que era el líder de una importante banda de crimen organizado y que me iba a reunir con un hombre cercano al gobierno para un intercambio de armas que guardaba en mi maleta. Instantes después, sorprendidos por la relevancia de mi persona, se hizo en el coche un silencio placentero que se prolongó hasta el final del viaje.

Aunque no lo llego a comprender muy bien, al poco de bajar recibí un mensaje que anunciaba la cancelación de mi cuenta de usuario. Por suerte, no pensaba hacer nunca más uso del maligno servicio.
Ahora, rescatado de ese mundo plástico, viajo hacia mi pueblo, Torre Estiércol, en un modesto autobús entre anónimos, con un reconfortante silencio sólo interrumpido por agradables ronquidos y flatulencias, mientras anuncio en todas mis redes sociales que mi banderilla con doble aceituna ha sido elegida para ser servida en restaurantes de más de tres estrellas Michelín por todo el mundo. O en el tugurio de la esquina, qué más da.


Imagen vía La Vida Moderna
Relato inspirado en el Taller Escríbeme Mucho