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La familia de Pascual Duarte – Camilo José Cela

Hace tiempo pedí cita para charlar con Camilo. Camilo José Cela, quiero decir. Supuse con cierta ingenuidad que ahora que está muerto, se encontraría espitoso con ganas de apuntarse a cualquier plan. Quería que me enseñara alguno de sus secretos literarios y otros más ordinarios —como el de absorber litro y medio por la cavidad anal—. Este, de educadas formas, me prometió que sacaría un hueco, que no desesperara si no era inmediato. Al parecer su actividad en el Cielo es frenética entre banquetes, ajusticiar a otros literatos impostores y orgías salvajes. Para calentar el encuentro leí La familia de Pascual Duarte, la primera obra publicada de Cela y una de las más celebradas de su bibliografía, un retrato oscuro ambientado en la España rural de finales de Siglo XIX y comienzos del XX, el cual apunta al origen del odio.

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Las uvas de la ira — John Steinbeck

En un contexto corrompido por el egoísmo y la inversión del concepto de libertad, se hace imprescindible una reivindicación audaz de la solidaridad y el bien común. Aunque la literatura tenga un poder de transformación limitado, se me ocurren pocas obras que ejemplifiquen de una forma tan rotunda la necesidad de las mismas como lo hace Las uvas de la ira. Un clásico de la literatura universal que despertó mi curiosidad gracias a la camaradería del boca a boca entre colegas y que ahora se me antoja imprescindible. La novela de John Steinbeck supone una crítica certera a la deshumanización propiciada por el capitalismo extremo y cuyo mensaje es de rabiosa vigencia.

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Colmillo Blanco — Jack London

Tras una serie de espontáneas apariciones que no por divertidas vienen al caso, Raymond Carver tuvo a bien sugerirme un par de autores mientras escalaba su Catedral. Uno de ellos fue Colette, con la cual me introduje en la brevísima e irreverente Gigi, y el segundo fue Jack London. De su vasta biografía, enseguida me decanté por Colmillo Blanco, pues, con bastante mala leche, éste era el mote con el cual se conocía al director y cura del colegio por el que pasé mis últimos años de adolescencia. Dudo que nadie de los que reía con aquel apelativo hubiera leído la obra homónima, pues el colegio prefería los manuales religiosos y la autoayuda encubierta, aunque es posible que sus creadores hubieran visionado alguna de sus adaptaciones cinematográficas. Se trata Colmillo Blanco pues de una novela clásica de aventuras, típicamente recomendada para lectores jóvenes, colmada de un conglomerado de reflexiones profundas y aún vigentes.

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Poeta chileno — Alejandro Zambra

Los escritores son seres de una loable generosidad. Las ínfulas, los logros, los fracasos, la vanidad, las rivalidades y la mirada con la que cada uno transcribe la vida son elementos fecundos para la confección de historias. De entre todos los autores, los poetas destacan por su altruismo y compromiso con la sátira. En una narración perspicaz con toques de humor y sensibilidad literaria, Poeta chileno retrata el oficio y la afición a la escritura bajo las particularidades que ofrece el contexto social de Chile. Una lectura que captó mi atención por la notable repercusión generada entre la comunidad de escritores y de la que ningún escritor con ínfulas debe dejar pasar.

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A sangre fría — Truman Capote

En mi incierta contienda contra la ignorancia, he decidido adentrarme en la obra de uno de los grandes de la literatura universal: Truman Capote. Lo he hecho sin ambages, decantándome por A sangre fría, la célebre novela que, en clave de reportaje literario, narra los asesinatos reales en el seno de la familia Clutter. Una obra que además de sus exquisitas descripciones y la rigurosidad de la reconstrucción, de los hechos destaca por un fiel retrato de la sociedad norteamericana y profundiza en la motivación que hay detrás de un asesinato. Una buena muestra de lo necesario que es entender el mal para acariciar la verdad.

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La última paloma – Men Marías

La casualidad ha hecho que empiece a frecuentar el género negro. Paseaba por Barcelona cuando enchufé la radio y descubrí el programa Crims, dirigido por Carles Porta, el cual recrea y analiza crímenes reales. Más tarde recuperé los episodios de Negra y Criminal, que combina los casos reales con otros ficticios procedentes de la pluma de Poe, Agatha Christie o Doyle. Recientemente, me entró la curiosidad por leer la flamante publicación de mi paisana Men Marías, sin saber muy bien a qué me exponía. La última paloma es una obra que se centra en una sucesión de asesinatos macabros, cuya narración permite abordar la historia del pueblo de Rota, ahondar en los abismos del dolor y comprender la construcción de la sociedad contemporánea.

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El Aleph — Jorge Luis Borges

Hace tiempo asumí que las artes nobles no eran para mí. La poesía me despierta indiferencia, no entiendo la ópera ni la música clásica, tampoco me apasionan las exposiciones de ilustres pintores y no veo vida allá donde los escultores tallan piedra. Lo reconozco, prefiero ver el fútbol en un tugurio, un concierto de punk con un batería arrítmico, la filosofía que predican los indigentes o una película protagonizada por un jabalí que quiere imponer el trotskismo en su encinar. El refranero castellano sostiene que no se hizo la miel para la boca del asno. Supongo que ésta es la raíz de mi desilusión al leer El Aleph de Jorge Luis Borges.

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La barraca — Vicente Blasco Ibáñez

Por increíble que parezca, no fue hasta el año pasado cuando empecé a acercarme a la obra de Vicente Blasco Ibáñez. Recuerdo de niño memorizar su nombre como autor destacado de la literatura española y, en el año en que viví en Valencia, aprender que alrededor de la avenida que lleva su nombre se encontraban los garitos en los que la juventud dilapidaba su salud. No obstante, mi buen amigo José Enrique Espí me obsequió para mi treintaiún aniversario con una edición de La barraca de 1901, la cual merecía una lectura y un análisis reposado. Tras este primer acercamiento, estoy seguro de que Blasco Ibáñez se convertirá en uno de mis autores de cabecera.

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Reseñas

Tiempo de silencio — Luis Martín-Santos

Últimamente se ha instalado en mi oído un ruido silencioso. Se trata de una sucesión de ideas difusas e inconexas que chocan en mi cerebro sin lograr captarlas por completo. Al mismo tiempo, recorren mi mente el último escándalo político que obliga a todo bicho viviente a posicionarse, el informe que debí concluir hace un mes, la necesidad de visionar la serie sobre un juez fracasado que ha emprendido con éxito en el campo del narcotráfico o decidir si comprar huevos de gallinas camperas o de suelo. Sumido en esa niebla de destrucción, he leído Tiempo de silencio, escrito por Luis Martín-Santos, una de las obras más complejas que he tenido entre las manos.

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Cuba · Reseñas

Como polvo en el viento — Leonardo Padura

Una de las mejores formas de conocer el sentir de un pueblo es mediante su movimiento. Debido a su enclave estratégico y su pasado a ritmo de oscilaciones coloniales y gritos de independencia, la genética cubana no conoce la quietud ni el reposo. En una realidad cada vez más globalizada y esquiva a la estabilidad, la diáspora del pueblo cubano se ha acentuado fruto de la oposición del modelo político y económico al conglomerado capitalista. Desde un punto de vista humano, el escritor cubano Leonardo Padura retrata esta diáspora en Como polvo en el viento, una novela extensa y profunda, cargada de crudeza y emoción con posos de esperanza en un futuro mejor.

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Diario de un emigrante — Miguel Delibes

Mi última lectura del año pasado fue Diario de un emigrante. La ligereza de su formato me invitó a escogerla, así como una amistad respetuosa por Miguel Delibes que de tanto en tanto conviene celebrar. En un contexto donde vuelven a resurgir las voces que señalan a la inmigración como mal de nuestra sociedad, obras como la que nos ocupa nos recuerdan que algún día también nosotros fuimos emigrantes, si es que acaso alguna vez lo dejamos de ser, y que no existe garantía de que algún día tengamos que hacer las maletas.

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Juan Tallón – Rewind

Últimamente me he aficionado a las listas. Yo que tanto he despotricado contra el género de autoayuda, del cual intuyo que la razón de su existir es confeccionar listas. En el móvil tengo una aplicación en la que anoto inspiraciones que me parecen geniales y al releerlas me hacen morir de vergüenza ajena; transcribo recuerdos infantiles sin saber si son reales o fruto de mi imaginación; cosas que necesito comprar como un limpiador de muebles que usaré hasta rendirme a la idea de convivir con el polvo; y una lista de tareas pendientes, en la que figura tener descendencia o tatuarme una palabrota en chino que me haga parecer un poco más normal.

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Cien Años De Soledad – Gabriel García Márquez

Vivo con la incertidumbre de saber si podré devolver algunas deudas. Por fortuna, mis fiadores no las cobran de forma violenta. Uno de ellos es Gabriel García Márquez, de quien me avergüenza admitir que prácticamente no he tenido ocasión de leer. Una de esas deudas que no quería demorar ni un segundo más era Cien Años De Soledad.

Como sediento que encuentra un oasis, bebí la primera parte del clásico y por momentos me sentí levitar. El magnetismo de la familia Buendía y sus allegados me atrapó. La magia encauzada en el costumbrismo de los hechos, los extraordinarios recovecos y la musicalidad de la narración terminaron por cautivarme. Una vez familiarizado con las calles de Macondo y embelesado por su expansión y sus trifulcas, entré en la máquina del tiempo y la repetición de los acontecimientos. En el tramo final me dejé atrapar por el hastío, la maraña de personajes indistinguibles, maximizado por un interés decreciente.

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El Club De La Lucha – Chuck Palahniuk

No tengo reparo en admitir que soy un completo ignorante de las referencias de la cultura contemporánea. No he visto ni una entrega de la saga de ‘Star Wars’, no he leído a Tolkien, ni tampoco he escuchado ninguna canción de Coldplay. Quiero pensar que estas influencias fueron sustituidas por ‘El Milagro De P. Tinto’, los libros de Dulce Chacón y la adrenalina de Barricada. Sin embargo, me niego a ser esclavo de la autenticidad y la marginación cultural. Por eso, me lancé al rin de El Club De La Lucha, novela de culto internacional.


Así pues, en mis trayectos de tranvía de casa al trabajo y de vuelta de la frustración a la autocomplacencia, devoré la obra más relevante de la producción de Chuck Palahniuk. Sus páginas me sacudían hasta el borde del noqueo. El estilo es directo, avivado por las frases cortas y las repeticiones certeras. Las escenas se sucedían de forma vertiginosa. Tan pronto asistía a la reunión de un grupo de apoyo para pacientes de cáncer testicular como fabricaba bombas caseras compuestas de parafina y napalm. El grado de absorción era tal, que miraba a mi alrededor tratando de no revelar cada una de las reglas del club. «No se habla del club de lucha fuera del club de la lucha», repetía para mí. El desenlace resultó un giro argumental maestro, el cual terminó por significar mi propio K.O.

Sobre interpretaciones existen numerosas teorías: la crítica a la figura de la masculinidad contemporánea, una sátira salvaje sobre la sociedad capitalista o un desdoblamiento de personalidad fruto de una gotera psiquiátrica. Me gustaría entender el relato como una metáfora sobre la monotonía cotidiana y la crisis existencial de los hombres que rozan la cuarentena, pero es una quimera sin importancia que merece la pena mantener en vilo.

Lo que más admiración me produce de la obra es la manera en que el autor utiliza su propia experiencia. Este material es deformado convenientemente y sobre él se cimenta una ficción apabullante y sin fisuras narrativas. De nuevo, no hay mejor inspiración que mirarse al ombligo. No hay mejor retrato de la sociedad que fotografiarse a uno mismo.



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Ficha TécnicaTítulo: El Club De La LuchaAutor: Chuck Palahniuk.Páginas: 240.Editado por: Debolsillo. Año de publicación: 1996.
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Cielos De Barro – Dulce Chacón

Sangre de un asesinato que emana desde el pasado para empapar al presente, hojas caducas que vuelan entre vientos de campiña bajo un cielo que respira la metralla del frente. Heridas que no pueden cicatrizar, abiertas por las diferencias entre clases y dilatadas por el odio entre ideas. Este es el cóctel que presenta Cielos De Barro, galardonado con el Premio Azorín del año 2000, una loable retrospectiva de la España rural anterior y posterior a la guerra civil, un relato trepidante de los que calan en las entrañas y perduran en la retina.

Su impronta personal en el estilo es superlativa, guiando al lector por un entramado desgarrador y, al mismo tiempo, bello. Dicha obra es la cuarta novela y, tristemente, la penúltima que escribiría Dulce Chacón, predecesora de La Voz Dormida, su obra más celebrada y una de las fundamentales dentro de la literatura contemporánea española. No es de extrañar la similitud que hay entre ambas, debido al trazo inconfundible, la ambientación y la escasa diferencia temporal entre ambas publicaciones. Es más, no es descabellado concebir a Cielos De Barro como un excelente preámbulo.
A grandes rasgos, el libro desgrana la historia de un triple asesinato en el seno de una familia señorial extremeña. Las relaciones con su servidumbre, compuesta por gente del pueblo, influirán decisivamente en el devenir de los hechos. El abanico de personajes es enorme. La obra está escrita mediante un enfoque narrativo múltiple, intercalando pasajes de novela clásica, centrada en el pasado, con soliloquios en el presente. Este planteamiento obliga a un mayor esfuerzo de compresión por parte del lector, quien debe enlazar ambas narraciones, al comienzo inconexas, pero paulatinamente hiladas de forma magistral.
Por un lado, están las conversaciones de Antonio, el alfarero, con el inspector que lleva el caso, presentadas como monólogos del primero. Dichos pasajes desmenuzan un sinfín de detalles fundamentales sobre cada uno de los personajes. Además de cronista de los sucesos, Antonio es el abuelo de Paco, uno de los principales acusados, lo cual hará que trate de interceder en su favor en la investigación. La narración del lugareño desata una lograda jerga rural, rica y bien medida, evocando a referencias como Miguel Delibes.
No ande con apuros, si para mañana tengo más. Desde que mi santa me dejó, soy yo el que prepara el puchero, con su miajina de todo. Mire, así lo aviaba ella, ¿lo ve? Se cuece lento y se tiene ahí todo el día, arrimado lo justo a la candela para que no se turre lo de abajo. Beba lo que haga menester, que cuando el frío arrecia, no hay brasero que valga”.
Por otro lado, la historia del alfarero se intercala con los hechos que tuvieron lugar en Los Negrales, el cortijo de los señores, en el pasado. Dichos episodios tienen lugar antes y después de la guerra civil, lo cual precipita ciertos hechos y agrava las diferencias entre familia y sirvientes. El rencor, la envidia, la lujuria, la religión o el chantaje son algunos de los ingredientes por los que discurren frenéticamente estas páginas. Los diálogos se convierten en uno de los pilares fundamentales de esta parte.
-Lo que nadie ha visto no ha sucedido. Tú no estabas en el frente del sur, ni Modesto tampoco.
-Modesto no estaba. Modesto habría defendido mi honra. Con su vida la habría defendido.
-Tú no has perdido tu honra, Isidora, porque nadie te ha visto perderla. Y no se te ocurra decirle nada a Modesto, a un hombre no le gusta llevarse a una mujer que ha servido ya de primer plato para otro.
-Mamá, qué cosas dices.
-Victoria, ve a buscar a Modesto a la cocina y dile que venga. ¿Tienes algo más que decirle a la señorita Victoria, Isidora? ¿Tienes algo que decirle sobre el señorito Leandro? Contesta, que parece que te has quedado muda.
-¿Es que le dijo algo para mí, mamá?
-No, hija. Isidora vio a Leandro, pero no debes decírselo a nadie, ni siquiera a sus padres, porque él no la vio a ella. Y ella debe olvidar a quién vio allí. Porque Isidora no ha estado en el frente del sur, ni Modesto tampoco, y en ello les va la vida a los dos. Isidora no pudo ver a Leandro. ¿Verdad, Isidora? ¿Viste al señorito Leandro?
Doña Carmen retiró una bandeja de plata expuesta sobre un sillón tapizado en verde, y ocupó el asiento.
-Isidora, dile a mi hija si viste al señorito Leandro.
-Él no me vio.
-Te he preguntado si tú lo viste a él.
Cuando Isidora contestó, bajó la mirada.
-A nadie vi.
La caracterización de los personajes es otra de las bondades de Cielos De Barro, la cual responde a planteamientos estamentales, pero resulta profunda, creíble y sólida, lo que crea una cercanía y una empatía para con ellos que da a la trama un extra de vigor. El carácter afable y natural de Antonio regala citas para el recuerdo.
La Catalina decía que lo peor de perder a una madre es perder sus brazos. Que los brazos de las madres se han hecho para acunar a los chicos y abrazar a los grandes. Y que por eso mi nieto es como es, porque su madre nunca lo abrazó.
Leer Cielos De Barro, por tanto, supone un ejercicio de placer y dolor. Placer por la maestría de la obra, por esa conjugación de narrativa pulida, lenguaje campestre y licencias preciosistas. Dolor al pensar en las obras que Dulce Chacón dejó sin escribir. Imprescindible.


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Ficha Técnica:
Título: Cielos De Barro.
Autor: Dulce Chacón.
Páginas: 304.
Editado por: Planeta.
Año de publicación: 2000
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