Microrrelatos

San Valentín en la dehesa

Siempre había detestado San Valentín hasta que conocí a Amanda. Junto a varios centenares de ejemplares uniformes de nuestra especie, habitábamos hacinados en una granja enclavada en las profundidades de un bosque de encinas y alcornoques. Amanda era especial. Se contoneaba por la dehesa con movimientos refinados y demostraba una voracidad excepcional en otoño, durante la época de bellotas.

Me solía hacer el encontradizo para toparme con ella y tener una excusa con la que llamar su atención. “Los barros de ahora ya no son como los de antes”, “a mi madre se la llevaron el otro día al matadero” o “acabo de leer ‘Rebelión en la granja’ y creo que soy animalista” eran habituales conversaciones. En una noche de luna llena, declaré mis sentimientos y, coincidiendo con el celo, yacimos salvajemente bajo la atenta mirada de nuestros parientes. Tres meses, tres semanas y tres días después, Amanda alumbró una camada de lechones preciosa de la que nunca más tuvimos noticias.

Amanda no era especialmente detallista, ni mostraba signos de afecto salvo llamada de la naturaleza. Sin embargo, en nuestro primer San Valentín me sorprendió con un lecho de rosas rojas sobre el barrizal en el que descansábamos. Aun no quitar las espinas y éstas me arañaran la piel negra, la sorpresa me inundó de su cariño. Después paseamos por la dehesa cogidos de las pezuñas y degustamos bellotas de la encina de la vida. Vimos el atardecer en un estanque de barros exfoliantes mientras degustábamos restos de una botella de vino tinto abandonada.

Así sucedió San Valentín tras San Valentín hasta que una mañana de invierno Amanda desapareció. Sus gruñidos mientras la cargaban en el camión me despertaron. Es sabido que cuando alguno de nosotros sube a aquel camión jamás regresa y que acabará convirtiéndose en un jamón que cuelgue sobre una venta de carretera o un bocadillo de salchichas con queso.

La festividad de San Valentín de este año se presentaba envuelta en el recuerdo imborrable de Amanda. Pensaba pasarme todo el día tirado en el barro durmiendo, como cualquier día normal. Al despertarme, he descubierto mi lecho de barro cubierto de rosas rojas sin espinas. Junto a mí yacía una bella cerda. Se llama Yolanda. A juzgar por su aspecto, debe ser prima o hermana de Amanda. Menea sus caderas porcinas sobre la dehesa como ninguna y le encanta pasear por la dehesa en busca de bellotas. Hasta convertirme en chorizo y jamón, ¡qué viva el amor!

8 comentarios sobre “San Valentín en la dehesa

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