Microrrelatos

El otro Diego Armando

Se hacía llamar Diego Armando. Lo conocí cuando era un chaval. No era una persona cualquiera, era un hombre pegado a una bota de cuero. En ella maceraba un brebaje mágico compuesto por restos de latas, botellines y cartones que encontraba por el suelo. Aunque decían que era de Chiclana, gastaba un marcado acento porteño. Paseaba por el barrio luciendo una peluca de rizos negros y un chándal roído por el tiempo y el genio. Acostumbraba a detenerse frente a las cuadrillas de chavales a pedir priva. A cambio rememoraba algunos pasajes de su célebre existencia. Narraba con emoción aquella vez en que Dios le ayudó a eliminar a Inglaterra en el Mundial. Después echaba a correr por el césped y daba un enérgico brinco para celebrar su gesta. También solía hablar de sus visitas a Fidel Castro, al que se refería como el profeta, confesando que éste era capaz de convertir el agua en vino y devolver la visión a los ciegos. Se despedía abruptamente con la excusa de que tenía que ir a entrenar a Boca o comentar un partido para la televisión.

Las últimas veces que topé con Diego Armando estaba muy venido a menos. Acompañado de su inseparable bota de cuero, se quejaba del trato que le daba la prensa, de sus desengaños amorosos y de las facturas que le estaban pasando los excesos. Repetía que sólo quería descansar y reunirse con el de arriba. Desde ayer, los dos Diego Armando corren la banda izquierda del Cielo bajo la atenta mirada de Dios.

Microrrelatos

Cinco horas de autobús

Cinco horas de autobús es el peaje más económico para viajar de Granada a Madrid. En vez de un tributo, me gusta tomármelo como una inversión.

Aprisionado en el asiento 43, con el ordenador sobre mis rodillas, celebro que el algoritmo de la compañía haya dejado el 44 vacío. Sobre él reposa mi optimista nómina de quehaceres: una carpeta de documentos urgentes que la pereza me impide revisar; un eBook con cuatro clásicos abandonados en el primer capítulo; una cantimplora de la que, por motivos de salud, está terminantemente prohibido beber; un panfleto que explica la creación del universo según los testigos de Jehová; y una libreta que siempre me acompaña para hacérmelas de interesante. Escribo: “El narcisismo está deforestando el bosque de la humanidad. Somos caminantes solitarios en el desierto”. Desde Iznalloz hasta Bailén repito el extracto en voz alta mientras me imagino alzando el Nobel de la Paz o el Roland Garros.

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Relatos

La zanja de la paternidad

Estoy llegando a una edad muy delicada. No me preocupa adentrarme en el ecuador de la vida o haberlo traspasado y estar perdiendo el tiempo en lugar de elegir una bonita urna funeraria. Tampoco me molesta levantarme y descubrir zonas de mi cuerpo fruto de su oxidación; el aumento exponencial de la duración de las resacas; haber cambiado los estruendosos casetes de Eskorbuto y Cicatriz por listas de jazz para pusilánimes; o mirarme en el espejo y descubrir que me estoy convirtiendo en mi padre. Todos estos cambios, aunque penosos, son predecibles al formar parte del orden natural de las cosas.

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Madrid·Relatos

A la caza del famoso

Desde que llegué a la capital no paro de toparme con gente famosa. Los autóctonos son conscientes de que la gente importante suele afincarse en su ciudad y no se inmutan lo más mínimo si ven al presentador de ‘La ruleta de la suerte’ practicando la cleptomanía en una tienda de lencería femenina. Sin embargo, para un recién llegado de provincias como yo, vivir entre la crème de la crème es una circunstancia que genera una tensión permanente y el riesgo de cortocircuitar.

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cuarentena·Microrrelatos

Pesadillas pandémicas

Como de costumbre, salí a la calle para dirigirme al trabajo. Enseguida noté que la gente con la que me cruzaba me observaba y cuchicheaba. De repente, un desconocido se abalanzó sobre mí y me increpó: “Maldito terrorista, deberías andar preso”. En un ágil movimiento me zafé de sus enormes brazos y conseguí subir a un autobús que pasaba. Sin embargo, al verme, el conductor se alteró violentamente y no me dejó pasar. Consternado, busqué una calle donde refugiarme y pensar. Me miré en el reflejo de un escaparate y di cuenta de que no llevaba mascarilla. Quise volver a casa a toda prisa, pero ya era demasiado tarde. Diversas patrullas de policías se dirigían hacía mí cerrando cualquier escapatoria, incluido un helicóptero que exigía que me entregara. Me pudriría en la cárcel por haber olvidado la mascarilla.


En aquel momento, sentí unos golpes en la espalda y desperté. Todo había sido una horrible pesadilla. Me había quedado dormido en mitad de una reunión con unos inversores asiáticos. Era mi turno. Me levanté para intervenir y descubrí que estaba desnudo. Horrorizado, me llevé una mano a la boca y respiré aliviado. Por fortuna, llevaba mascarilla.

Bocachancladas

Desorientados

No conozco mejor forma de combatir el aburrimiento que perderse. Comencé a practicar esta actividad cuando dejé el nido y emprendí un periplo incierto de cambiar de ciudad cada dos o tres años. Algunas tardes, tras calentar la silla o el sofá según convenía mi horario laboral, echaba a andar sin rumbo, tomaba autobuses y trenes al azar buscando un punto en el que jamás hubiera estado antes. Solía aparecer en suburbios perfectos para ser raptado a placer, poblaciones fantasma y parajes donde los infieles empañaban los cristales del coche. Mi diversión consistía en regresar a casa tratando de adivinar cuál sería el camino más eficiente.

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Bocachancladas

Basura y bocachanclas

Una de mis actividades favoritas es bocachanclear. No dejo pasar reuniones con amigos y abordo a desconocidos por la calle para conversar sobre cuestiones de las que no tengo la más mínima noción. La curvatura de la superficie de Venus, el creciente fanatismo de los gatos callejeros por las religiones politeístas o la influencia de la figura de Kant en el mundo del trap figuran en mi lista de cruzadas dialécticas. Barras de tugurios, celebraciones familiares y entierros suelen ser los lugares más propicios en el desempeño de esta noble afición. Tras los desencuentros, enfados y melopeas subyacentes, los participantes se retiran, mientras que los argumentos, delirios y descalificativos empleados desaparecen por el sumidero sin posibilidad de que vuelvan a reflotar.

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Bocachancladas

Capacidad de adaptación y animales de costumbres

Dicen que el ser humano ha dilapidado su capacidad de adaptación, que se ha vuelto un animal de costumbres. Es posible que así sea, pues somos demasiados como para preguntar a todo el mundo y extraer alguna certeza sobre esta apasionante cuestión o la idoneidad de practicar la masturbación con velas aromáticas.

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Reseñas

Juan Tallón – Rewind

Últimamente me he aficionado a las listas. Yo que tanto he despotricado contra el género de autoayuda, del cual intuyo que la razón de su existir es confeccionar listas. En el móvil tengo una aplicación en la que anoto inspiraciones que me parecen geniales y al releerlas me hacen morir de vergüenza ajena; transcribo recuerdos infantiles sin saber si son reales o fruto de mi imaginación; cosas que necesito comprar como un limpiador de muebles que usaré hasta rendirme a la idea de convivir con el polvo; y una lista de tareas pendientes, en la que figura tener descendencia o tatuarme una palabrota en chino que me haga parecer un poco más normal.

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Madrid

Adelanto de ‘Un gañán en la capital’

He de reconocer que le he cogido gusto a la huida hacia delante. Un día surge la posibilidad, sin que un signo de emoción o de contrariedad decante la balanza. Al siguiente, sin nada mejor que hacer y vencido por la indiferencia, me encuentro tomando un tren o un avión hacia una nueva ciudad. En un primer instante, la oportunidad de volver a empezar me embriaga; luego me devora la melancolía a medida que me acerco al destino. La nueva etapa de mi eterna huida se llama Madrid y, a tenor de lo que promete las vinculaciones contractuales, apunta a ser una parada larga. Quizá descubra de qué huyo. Quizá ya esté preparando la próxima huida.

*Próximamente, en este blog, pantallas de baja moral y palabras que nadie ha pedido leer, ‘Un gañán en la capital’, la epopeya de un idiota que va a por lana y sale trasquilado.

Reseñas

La peste — Albert Camus

A comienzos de pandemia, lectores y medios evocaron La peste por sus demoledoras reminiscencias con la actualidad. De hecho, en aquellas semanas editoriales y dueños de los derechos de Albert Camus se frotaban las manos, al ver al clásico entre los primeros puestos de los libros más vendidos. Tuve la tentación de emprender su lectura en los días de mayor desconcierto, pero afortunadamente esperé a este momento de calma entre olas para que la realidad no arruinara la literatura. Es imposible no sentirse interpelado leyendo la novela, pero mi salud mental agradece no haberle echado más leña al confinamiento e iluminar unos días de playa en Canarias.

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Bocachancladas

Tendencias de la incertidumbre

La incertidumbre no ofrece certezas, pero marca tendencia hacia ellas. Esta mañana, me he acercado al banco a solicitar la devolución de un depósito. Hacía años que no pisaba una sucursal, tantos como los que resuelvo mis desaguisados económicos pulsando un botón o pasando una tarjeta. Al llegar a la oficina de la esquina, he descubierto un cartel que advertía que la oficina estaba cerrada y la recomendación de acudir a otra situada a unos diez minutos, de la cual desconocía su existencia.

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Bocachancladas

Miedo a lo desconocido

La valentía nunca ha formado parte de mi escasa lista de virtudes. Desde que tengo uso de razón, temo por igual al silencio y al ruido, por eso siempre tengo encendida la radio como si fuera un murmullo. Cuando me topo con animales y personas desconocidas en la calle, procuro cambiarme rápidamente de acera, lo que convierte a mis paseos en figuras que desafían los axiomas de las geometrías conocidas. Me alimento tan sólo de insípida molla de pan y agua, pues me aterran los sabores picantes, amargos, ácidos, salados y, especialmente, los dulces. Podría decirse que lo conocido es el único refugio donde me siento seguro, aunque rara vez se manifiesta voluntad por extenderlo. Sin entrar en precisiones médicas, cabría diagnosticar un severo cuadro de fobia a lo desconocido.

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