Bocachancladas

Juan Carlos y el cóndor real

Me proponía escribir un artículo genuino sobre la huida del Rey Juan Carlos. Además de una rigurosa documentación y un fino enjuiciamiento metafórico, ofrecía alguna anécdota secreta, como la vez en que me lo encontré en una discoteca al amanecer y el monarca, todavía en el cargo, me pidió que fuéramos juntos a un after frecuentados por bohemios, inadaptados y doncellas de moral relajada. Sin embargo, he entrado en Internet y he sido arrollado por un tsunami de comentarios, columnas de opinión y editoriales en medios y redes sociales. Quizá tengamos más alma de opinólogos que de lectores.

Por eso, he optado por escribir sobre la migración del cóndor real hacia el Caribe. ¿Sabíais que al encontrar un animal muerto, desplaza a los otros buitres que se congregan alrededor de la carroña debido a su gran tamaño y su pico fuerte? El único animal que lo puede desplazar es el cóndor andino.

El Rey Juan… Perdón, el majestuoso cóndor real.
Autobombo·cuarentena

‘La cuarentena de los necios’ llega a su fin

Toda cuarentena tiene un final, la estupidez no. Huang y yo nos vamos de vacaciones a una isla del Nuevo Mundo donde sólo hay cocoteros y botellas de ron. Aprovecharemos para repasar y engalanar La cuarentena de los necios. Mientras tanto, podéis encontrar un primer borrador en el siguiente enlace. Se admiten sugerencias y comentarios. Ha sido un placer compartirlo con todos vosotros. Estamos muy agradecidos por el recibimiento. Volveremos. Adelante!

cuarentena

Bienvenidos al Nuevo Mundo (Cuarentena XXXI)

Comenzar resulta más sencillo que terminar. Un comienzo genera expectativas que, con independencia de que se cumplan, calientan y alientan a cuantos su techo pueda cobijar. El fin es una forma de constatar que las expectativas fueron meras ilusiones, de certificar el fracaso o de arrepentirse por el tiempo empleado. Terminar es un acto cruel y despiadado, el cual pone de manifiesto la nimiedad del ser humano y lo que lo rodea. La posibilidad de huir y dejar un final a medias es tentadora, pero sólo retrasa lo inevitable. El nacimiento es producto de una serie de azares que rozan la magia, mientras que la muerte es un trámite comparable a sacar la basura. No existen finales perfectos. Lo que existe son comienzos que albergan la duda. Es por ello que ante el miedo a un final, algunas historias optan por concluir con un comienzo.

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Reseñas

Un monólogo en Asia Central — Pablo Eguiluz

Entre todas las perversiones y degradaciones que ha ocasionado la irrupción de Internet, a los escritores y aficionados nos ha construido un pequeño refugio en el que encontrarnos. En esa interacción no exenta de interés, envidias y extravagancias varias, en ocasiones uno topa con autores de una valía literaria y humana con los que se establece una relación que, salvando las distancias, le hace sentir como un escritor de otra época engalanado con lechuguilla y armado de pluma. Uno de los autores con los que tengo el gusto de corresponder es Pablo Eguiluz, también conocido como Hombre Superfluo, al que conocí leyendo algunos de los relatos de su blog, una joya para paladares exigentes. Con la amabilidad de un ladrón que va a atracar una joyería, le pedí/exigí una copia digital de su libro, Un monólogo en Asia Central, y él amablemente accedió.

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Vida Moderna

Vacaciones en tiempos de pandemia

Las vacaciones en pandemia no conocen distinción entre bochorno y aventura. Bajo la amenaza de que éstas son las últimas de la historia —antesala del apocalipsis o la extinción—  y la sutil advertencia de que el pueblo llano es el encargado de reactivar la economía —semanas antes de ser culpabilizado por vivir por encima de nuestras posibilidades—, me animé a comprar un paquete vacacional. Con cuatro garabatos y unas fotografías de unas sirenas inflándose a langostas a la brasa, el comercial me convenció de que veranear en las playas de Tócame Roque era mucho más económico que quedarme en casa con la bolsa de judías congeladas en el sobaco.

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cuarentena

La revuelta de los necios (Cuarentena XXIX)

La historia está plagada de ejemplos que demuestran que el progreso es una constante lucha entre dos fuerzas: la que desea avanzar y la que quiere quedarse donde está. De la iteración entre ambas han surgido los eventos más estudiados: guerras, conquistas, expresiones culturales, proyectos económicos y políticos. La primera facción asume que un cambio generará mejores condiciones de vida e intenta acelerarlo, provocando fricciones y contradicciones. La segunda se limita a negarlo, entorpecerlo o crear espejismos, convencida de que la transformación, al menos para ella, será a peor. La abolición de la esclavitud, la aceptación de la homosexualidad, la mitigación de la explotación laboral y la integración de la mujer son claras muestras de que la corriente se puede detener o retroceder puntualmente, pero, tarde o temprano, pacífica o trágicamente, el desarrollo resulta imparable y encuentra cauces como lo hace un río hasta desembocar en el mar. Cuando las puertas del confinamiento se abrieron, los avances encontraron la oposición de antiguos diques con aspecto de vanguardia.

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cuarentena

Espejismos de posibilidades (Cuarentena XXIX)

En determinadas ocasiones sólo vemos lo que deseamos ver. Excluyendo posibles trastornos oculares, las causas pueden ser múltiples o una combinación de éstas: deformación de la composición observada; venda impuesta para dificultar la visión parcial o total; apresuramiento que deriva en falta de atención o comprensión; o enajenación transitoria fruto de una ingesta de comprimidos artificiales sin procesar. Vivir en un espejismo se convirtió en una tónica en el Viejo Mundo, así como hacer de la posibilidad una realidad. Aunque la pandemia se encargó de disuadir cualquier atisbo de ilusión óptica, los mayores ciegos, los que no querían ver, consiguieron sobrevivir construyendo su propio mundo.

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Reseñas

Bajamares – Antonio Tocornal

Resulta desconcertante concluir las novelas que atrapan. Por un lado, siento una mezcla de agradecimiento y admiración hacia el autor y el hermoso acto de altruismo que conlleva desnudarse escribiendo. Por el otro, al constatar la finitud de la inspiración y la incertidumbre que siembran las historias genuinas, me invade una decepción causada al negarme a aceptar la humanidad de las palabras. Sentimientos que ha evocado la lectura de Bajamares, la última novela de Antonio Tocornal, un relato preciosista sobre la soledad y el paso del tiempo, temas que también ha despertado de forma caprichosa el confinamiento. De hecho, la pandemia y la publicación del libro coincidieron de tal forma que Bajamares llegará a las librerías del país en septiembre, una vez las aguas del virus se han calmado.

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Microrrelatos

Veranos andaluces

Los veranos andaluces son como una noria que nunca deja de girar. Desde la salida del sol hasta la puesta, busco refugio en el sofá. El abrazo de calor produce una somnolencia que empapa cualquier actividad. Intento leer el ‘Romancero gitano’ y en medio párrafo sueño que García Lorca y yo estamos brindando con rebujito sobre la barra de cualquier tugurio.

Me despierto e intento cocinar salmorejo mientras me refresco con un trago de Palo Cortado y suena ‘La leyenda del tiempo’ de Camarón. Dejo el salmorejo reposar y cuando me dispongo a engullirlo compruebo que se ha evaporado. Aun hambriento, me dejo arrastrar por la sagrada hora de la segunda siesta. Me quedo incrustado entre los cojines del diván y he de pedir un rescate a los bomberos como si fuera una ballena que ha varado en la costa.

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cuarentena

Democracia al gusto (Cuarentena XXVIII)

El Viejo Mundo se regía según las normas de un sistema llamado democracia. A grandes rasgos, ésta consistía en tomar una decisión según el criterio mayoritario por medio de una votación en cierta igualdad. Como consecuencia de revoluciones, guerras e invasiones, multitud de países habían adoptado la democracia como forma de elegir a sus gobiernos y representantes, convirtiéndolo en una creencia casi divina. No sólo la política empleaba dicha herramienta, sino que la adicción al consenso había proliferado entre los ciudadanos. El cabeza de familia ya no decidía por sí solo si la familia iría a pasear o al cine el sábado por la tarde, sino que había que respetar la voluntad de los hijos por quedarse en casa a ver Frozen por decimoquinta vez seguida; el profesor ya no impartiría las enseñanzas de Kant porque el grupo de Whatsapp de padres había acordado que sería mejor estudiar a Rafael Santandreu, adalid de la autoayuda y la psicología de los maravedíes; y el párroco dejaría de leer la Primera carta a los corintios puesto que los feligreses habían decidido sustituirlo por la lectura de Cincuenta sombras de Grey. Fiel a su cita, la estupidez había hecho su pequeña pero notoria contribución.

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Reseñas

Viaje al corazón de Cuba y La red Avispa

Una de mis aficiones es confrontar mis creencias hasta el extremo. Si la ciencia exacta ofrece verdades precisas, las cuales pueden ser complementadas o profundizadas, la historia se presenta como un animal salvaje al que pocos pueden domeñar. En caso de temáticas contemporáneas enredadas con menesteres políticos, sociales o económicos, la bestia permanecerá indómita para siempre. Una de esas historias que no conoce jaulas es la de Cuba, lugar que tuve la oportunidad de visitar hace un par de años y sobre la que he escrito en alguna ocasión, cuyos entresijos fascinan y, aun imposible entender en su conjunto, me acerco a ella como un intrépido explorador. La existencia de dos relatos enfrentados y polarizados exige una reposada confrontación y sugiere que la perspectiva más cercana a la realidad se debe encontrar en algún remoto punto aún por descubrir.

Conocido grosso modo el sentir de los medios y autores provenientes de la isla bella, me decanté en esta ocasión por acercarme a la versión externa. Con este propósito y con una dosis de casualidad me embarqué en la lectura de Viaje al corazón de Cuba, del cubano Carlos Alberto Montaner, y en el visionado de La Red Avispa, dirigido por el francés Olivier Assayas y flamantemente estrenada por Netflix.

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Microrrelatos·Vida Moderna

Vacaciones para el ego

Tengo como norma de vida no participar en juegos de azar. Sin embargo, durante el desconfinamiento hice una excepción y compré el boleto de una rifa benéfica. El objetivo era recaudar fondos para egos abandonados durante la pandemia. A los pocos días descubrí que había resultado ganador del premio: un fin de semana en un hotel de cinco estrellas en primera línea de playa con todos los gastos pagados, para mí y para mi ego.

El complejo estaba localizado en una pedanía inaccesible, cuya parada de transporte público más cercana se situaba a 15 km. Después de andar tres horas a pleno sol y disfrutar de los bocinazos de veraneantes sedientos de arena y mojitos, llegamos a destino. En la recepción no tenían constancia del premio y amablemente me invitaron a pagar o a marcharme. Sin embargo, no perdí la calma y repetí ciento treinta y siete veces “Soy el ganador de la rifa de la asociación de egos abandonados”. Finalmente, el servicio dio su brazo a torcer y me concedió el acceso a una de las habitaciones más exclusivas. Aunque hacía las veces de cuarto de mantenimiento, estaba repleta de productos de limpieza, destornilladores y alicates y el calor era asfixiante, en un lateral había un póster con las idílicas vistas a la playa en los años cincuenta.

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cuarentena

Vida low cost (Cuarentena XXVII)

Uno de los milagros que obró el Viejo Mundo fue el de los panes y los peces. Mediante un sueldo mísero podías alimentarte, vivir entre cuatro paredes carcomidas, socializar en tugurios con glamour y bañarte en jofainas de gintonic, vestir a la penúltima, comprar un utilitario de 100.000 km, hacerte selfies en el sudeste asiático, esperar a que el cartero te abasteciera con el último artefacto tecnológico, estar suscrito a quince plataformas de streaming y donar lo restante a una organización benéfica que acogiera corocoros abandonados en Surinam. El milagro era de tal magnitud que ningún científico había conseguido explicarlo sin recurrir a la brujería o al misticismo. Algunos teólogos lo achacaban a la llegada de un nuevo profeta que todavía no había sido identificado. Nadie quería renunciar a tenerlo todo, pero la pandemia se empeñó en demostrar que menos puede ser suficiente.

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cuarentena

Carrera hacia ningún lugar (Cuarentena XXVI)

Nacíamos, corríamos y moríamos. No importaba el destino ni el camino, lo importante era no detenerse. Multitud de corredores abarrotaban las calles, chocaban entre sí, avanzaban a ritmos dispares o adelantaban por márgenes y vericuetos. Algunos se convencían de que habían nacido para alcanzar el infinito, fingían cara de concentración y actuaban como si el cuerpo fuera a aguantarles por siempre. Otros nos limitábamos a correr tras una liebre y, una vez superada, buscábamos una nueva. Las trampas del camino obligaban a escoger entre retirarse a tiempo o morir por agotamiento. Aunque hubo quien se resistió, la pandemia obligó a suspender la carrera hacia ningún lugar. Entre los gritos de horror e histeria, el virus imploraba que todo parase.

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Autobombo

De cerdos y matanzas

En mis textos aparece recurrentemente la figura del cerdo. Como en ‘Rebelión el la granja’, a nivel literario es más frecuente su uso peyorativo, y que el oso, el perro, el burro o el gato tengan mejor prensa. Del marrano admiro su capacidad de adaptación, su humildad casi poética, su austeridad interiorizada y que de él se pueda extraer todo, forjando un carácter tan noble que resulta revolucionario. Intuyo que esta fascinación nace de mis raíces, de los ejemplares que criaban mis abuelos, las matanzas que hacía mi familia en un acto casi religioso y los embutidos que con gusto zampábamos durante el resto del año.

Ayer en el pueblo, comiendo choto -un animal de una generosidad comparable- musitaba la idea de filmar un documental sobre el cerdo y las matanzas. Mi familia me recordó un pequeño reportaje sobre la matanza en mi pueblo del año 96 en Canal Sur. Para mi sorpresa, entre los curiosos, encontré al niño que admira a los marranos y aquí escribe.