Bocachancladas

¿Solidaridad o caridad?

En estos días observo que la palabra solidaridad es más utilizada que de costumbre. A mitad de mi cuarentena leí noticias de algunos saqueos fruto de la desesperación o iniciativas populares para proteger a colectivos desfavorecidos. Participé en alguna campaña, tratando de cubrir de ayuda a todas las personas que pudiera. Me preguntaba si aquello era un acto de solidaridad o caridad. Todavía no tengo una respuesta clara.

En los medios de comunicación también oigo la palabra solidaridad de forma recurrente. Prestigiosos defensores de la idea de que el dinero debe hacer las reglas, piden un esfuerzo para aprobar rentas básicas para el pueblo. Puede parecer paradójico, pero cabría no precipitarse ante tal espontáneo acto: sin ciudadanos que consuman, su sistema y, por ende, sus fortunas podrían tener los días contados. Por otro lado, algunos de los gobernantes de los países más desarrollados manifiestan reticencias, pero son conscientes de que su futuro pasa por no dejar caer a los vecinos más pobres. Maravillas de la economía global, dice para sus adentros un ministro de finanzas.

Tampoco es sorprendente escuchar la predisposición a renunciar a pagas extras o a parte del sueldo en boca de otros compañeros. ¿De qué sirve tener dinero si en tu barrio no tienen que comer?, me pregunta uno. Aunque la cuestión me inquiete, sonrío al constatar que del propio instinto de supervivencia también emana solidaridad. Un día te enteras que tus vecinos ya no tienen trabajo y recurren a la caridad para sobrevivir. Parecía que esta situación sólo ocurría en la televisión o en redes sociales, pero ya ha llegado a todas nuestras casas.

Sea empatía o instinto de supervivencia, parece que la única salida es ayudar. Quizá sea momento de elegir entre la solidaridad o la caridad, de convencernos que ayudar a los demás también es ayudarnos a nosotros mismos.

Reseñas

Stefano Piccoli – Guerrilla Radio: Vittorio Arrigoni la possibile utopia

En los momentos en que la sociedad parece romperse, emerge la alternativa entre entregarse al abismo o abrazar la utopía. Por caprichos de la tecnología, la humilde colección de la librería Raccontami me dio la oportunidad de conocer la historia de Vittorio Arrigoni. A través de ocho capítulos compuestos por viñetas hechas a carboncillo por Stefano Piccoli, Guerrilla Radio: Vittorio Arrigoni la possibile utopia nos muestra diversos pasajes de la vida del malogrado activista lombardo.

La historia se remonta a sus campañas de cooperación en materia social y sanitaria en Europa del Este, Sudamérica o República del Congo, en la que ejerció de observador internacional durante las primeras elecciones democráticas. Sin embargo, la mayor parte de la obra se centra en el papel de Vittorio en el conflicto entre Palestina e Israel. Recorriendo la Franja de Gaza en una ambulancia, pudo constatar en primera persona la masacre hacia el pueblo palestino, relatarlo para los principales medios de comunicación italianos, así como en su célebre blog Guerrilla Radio.

Una de las partes más interesantes del cómic es la descarnada presentación de su protagonista, con sus contradicciones y debilidades, sin caer en la tentación de ensalzarlo como un héroe. De esta forma se cuestiona el papel de la violencia dentro de la conflictividad social o las propias bases de la sociedad palestina, remarcando la necesidad del escepticismo y el debate en la búsqueda de la verdad. Especialmente relevante se torna el testimonio de Vittorio en contraposición a la benévola proyección internacional del Estado de Israel, así como la denuncia de su red de apoyos.

Son tiempos en que algunas ideas y pensamientos se resquebrajan ante la incertidumbre por falta de solidez. Sin embargo, referentes con la fe inquebrantable de Vittorio podrán caer en el olvido, pero siempre podremos agarrarnos a ellos. Y así construir la utopía de las utopías, la que enseñó Vittorio: la utopía de mantenerse humano.

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La Burbuja del Altruismo (Cuarentena VII)

Quizá muchos de nosotros pecamos de optimistas al comienzo de la cuarentena. Se pensó que aquel tiempo muerto podría ser idóneo para hacer algo útil: aprender chino, hacer un curso de ganchillo imaginario o darse a la bebida con la excusa de dibujar. Los más intrépidos se decantaron por pintar la casa, planchar y recoger la montaña de ropa limpia, ordenar las estanterías o montar aquel mueble inservible que habían comprado en Ikea por la vergüenza de salir con las manos vacías. En su mayoría, las buenas intenciones se quedaron ahí. Como si fuera un fin de semana que nunca terminaba, la comodidad del trinomio cama, sofá y comida basura se acabó imponiendo como método para combatir la incertidumbre y la desesperación. En algunos casos, la manifestación más creativa fue elegir que maratón de series ver o en qué taza de Mr. Wonderful servir la Coca Cola Light.

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El Estrés Social (Confinamiento VI)

Una de las paradojas que se produjo durante la cuarentena fue la proliferación del estrés. Un fenómeno fruto de la desmesurada necesidad de socializar. Mientras los médicos recomendaban descanso para fortalecer el sistema inmune, yo exprimía la agenda por encima de mis fuerzas y posibilidades. Durante la jornada de teletrabajo, el teléfono móvil no cesaba de vibrar e iluminarse. Aquellos mensajes aparecían con avisos para atenderlo de forme urgente, pregonando que su contenido era de vital conocimiento.

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La Anormal Normalidad (Cuarentena V)

En el primer fin de semana de reclusión establecí algún tipo de normalidad. Una normalidad que más que a la realidad anterior, se parecía a la que todos acataríamos después. Desperté el domingo como si hubiera pasado toda la noche en tugurios que a precio de oro sirven garrafón y proveen un poco de calor. Mi cabeza quería explotar, tenía la boca seca y no sabía muy bien dónde estaba. La saturación informativa, las teorías conspirativas, los primeros rumores de rebelión, la comunicación con todos esos seres que antes no sabía si seguían con vida o habían sido captados por una secta de mindfulness, se combinaban en la peor de las resacas.

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La Fragilidad (Cuarentena IV)

Al tercer día empecé a intuir que el aislamiento no iba a ser fácil. Me desperté dispuesto a comerme el mundo desde mi minúsculo apartamento en gayumbos y camiseta de Toy Story. En aquellas alturas del encierro, el concepto de higiene personal se había relativizado hasta reducirlo a la técnica del lavado gatuno enriquecido con desinfectante. Aproveché que el loro Huang aún dormía vencido por la resaca de la fiesta de bienvenida. Tenía vagos recuerdos de ambos bailando reggaetón ligeros de ropa y comprando sartenes para hacer huevos fritos con forma de pene a través de la Teletienda. Cabe decir que no quería enredarme, que quería ser responsable con el régimen de aislamiento y que fue el loro el que me obligó a beber hasta caer redondo.

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