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Viaje hacia el Nuevo Mundo (Cuarentena XVIII)

Viajar debe tener un poder más allá del acto físico de transportar personas. Constata la insignificancia propia y la del entorno. Introduce en la mente otras formas de vida y confronta la propia. Algunas de las utopías más influyentes de la historia nacieron en el transcurso de un viaje, porque la utopía es imposible sin movimiento. Algunos sostienen que la ignorancia se cura viajando. Sin embargo, como cualquier medicamento en manos equivocadas, éste puede producir efectos secundarios o adversos. En el tránsito hacia el Nuevo Mundo, viajar dejó de ser uno de los virus que estaban consumiendo al planeta.

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La huida del cerdo (Cuarentena XVII)

El cerdo es uno de los animales con mayor capacidad de adaptación. Si las condiciones le brindan más horas de luz, tiende a comer más. En cambio, si la oscuridad crece, entonces el marrano dedicará más tiempo a dormir. Por el contrario, el ser humano se define como un animal de costumbres. Da igual que haga sol o nieve, que las calles ardan o las montañas hablen, que el banquero invierta tus ahorros en su tercer yate, que la televisión retrasmita una partida de curling o escenas con niños muriendo de hambre, porque la prioridad del hombre será que su pequeño mundo no cambie. Sin pedir nada, el Viejo Mundo había sacrificado la capacidad de adaptación. Precisamente, el día que emprendí la huida, maldije mi condición humana y anhelé la capacidad porcina.

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Los designios de un sistema voraz (Cuarentena XVI)

Tiempo después, descubrí que la cuarentena se comportaba como una de esas profesoras que se quedan grabadas por siempre en la memoria. Jamás se olvida la maestra que enseña a distinguir derecha e izquierda, leer un reloj o cómo hilar vocal y consonante. En ocasiones, la clave no reside en el conocimiento de la maestra, sino en cómo ésta es capaz de guiar al alumno hacia la verdad. Aunque sea necesario más tiempo y dolor, un fracaso interiorizado es preferible a una victoria indolente. La cuarentena ofrecía de forma generosa y paciente un amplio abanico de lecciones, dando a elegir si tomarlas u obviarlas. En el segundo caso, si el saber era vital, ofrecía más oportunidades. El día en que la calma tensa dio paso al huracán, grabé con fuego una de sus leyes: hoy es hoy y mañana ya veremos.

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La calma tensa (Cuarentena XV)

Durante la cuarentena, convivimos en un ambiente de calma tensa que  regía cualquier movimiento. La tensión y la calma son conceptos relativos. Si el encontrar a un hombre vestido de rojo tratando de entrar por la chimenea en Nochebuena puede suponer una tierna anécdota para los niños, en los adultos puede desembocar en un futuro ingreso al manicomio o incluso en el suicidio. Dentro de esa ambigüedad interpretativa, tuvimos que aprender a detectar cuándo la atmósfera era una balsa de aceite o el ojo del huracán. La calma tensa es altamente inestable. Nunca se debe confiar en ella. Por instinto de supervivencia, obligaba a afilar los sentidos.

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Tormentas vienen del sur (Cuarentena XIV)

La cuarentena aminoró algunas de las actividades habituales del Viejo Mundo. Diversas formas de medir el tiempo dejaron de ocupar nuestro tiempo. Los relojeros y los fabricantes de almanaques, que no disfrutaban de una situación boyante, miraban el futuro de sus negocios con temor. Aunque gran parte del interés se basaba en buscar indicios que describieran cómo iba a ser el Nuevo Mundo, fueron días dispares para los que se dedicaban al oficio de adelantar el futuro.

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Campamento de supervivencia (Cuarentena XIII)

En cierto momento de la cuarentena, los pensamientos que revoloteaban en mi cabeza se paralizaron. Las preocupaciones desaparecieron y me centré de forma inconsciente en arrancar toda expectativa más allá de pasar el día. Aunque jamás me haya planteado leer libros sobre coach o autoayuda, ni haya practicado yoga o meditación, a buen seguro que mis fantasías podrían haber atrapado a algunas de las almas confusas que había alumbrado el confinamiento. Por desgracia, la competencia en el sector de la estupidez es despiadada. Opté por mejorar el método antes de que una multinacional me lo arrebatara y se dedicara a vender falsos remedios o a fabricar nuevos héroes de barro.

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Nacimiento y muerte de un mesías (Cuarentena XII)

La pandemia había colonizado el mundo. No entendía de fronteras, razas, lenguas, credos o clases. No preguntaba antes de entrar en un organismo y reproducirse a su antojo. Tampoco se vestía con trajes llamativos, ni se perfumaba con esencias que pudiera detectar el olfato. Era como una espía de la CIA que se había enamorado de un agente de la KGB en plena guerra fría. Algunos lo llamaban el virus perfecto, obviando que la perfección es sólo un concepto. No existe tan siquiera una forma de mal absoluto. El ser humano sólo entiende de términos relativos, de comparaciones entre mejores y peores. Si la epidemia era de por sí devastadora, unida a otros virus, no necesariamente biológicos, podía ser incluso peor.

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Revelaciones y una profecía (Cuarentena XI)

La vida del Viejo Mundo era demasiado sencilla. Como por arte de magia, todo parecía hecho. En mi caso, como en el de tantos otros, la táctica consistía en dejarse llevar por la corriente.

Nacías, entrabas al colegio, pasabas por el instituto y un día llegabas a la universidad sin haber aprendido a atarte los cordones. Entre medias, dedicabas años a fantasear con el sagrado momento de perder la virginidad para terminar haciéndolo en los aseos del sótano de un párking o en un botellón con ‘La raja de tu falda’ de Estopa sonando de fondo. Tras conseguir la licenciatura en pasar exámenes con el mínimo esfuerzo, un máster especializado en sobrecualificación y un doctorado sobre el susurro de las pelusas que había conmovido a un chimpancé en Nueva Zelanda, te lanzabas a madurar y a adentrarte en el mercado laboral. Aceptabas una beca con posibilidad de contrato de prácticas. Después hacías la mochila y dabas tumbos por medio mundo, jurándote que sería la última vez y que ibas a poner el huevo como si fueras una gallina. Mientras tanto, mantenías la esperanza de encontrar algún día una chica con tu mismo grado de desesperación, que al banquete de tu boda fuera un figurante de Los Soprano y pasarte el resto de tu vida felizmente hipotecado en un quinto sin ascensor que olía a cabra recién sacrificada.

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Anestesia Voluntaria (Cuarentena IX)

La luz del sol me despertó la mañana posterior al terremoto y la consiguiente explosión. Me recliné sobre el poyete de la ventana y divisé el cielo más claro que había visto en mucho tiempo. El aire que respiraba parecía transportarme a las montañas nevadas de alrededor. La naturaleza tornaba a la ciudad ofreciendo su faceta más virginal. “No necesito más”, pensé por un momento. Enseguida los gruñidos de mis tripas pusieron en tela de juicio tan cándida ensoñación.

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Terremotos punzantes (Cuarentena VIII)

A la histeria de los días precedentes al confinamiento, en el que aún veíamos el virus a través de la televisión y no teníamos licenciatura en epidemiología con máster en pandemias, hubo que sumar el despertar de la tierra. Por aquel entonces, ya había interiorizado la verdadera metodología de trabajo italiana: invertir la mitad del tiempo yendo y viniendo de la caffetteria.

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Lavadoras por la Paz (Cuarentena X)

En mi décimo tercer día de aislamiento descubrí una parte de mi realidad: tan sólo era un mindundi con muchos humos. Fue el momento en que empecé a sospechar que me quedaba un largo camino parar curar el virus y que si quería hacerlo tenía que prepararme mucho mejor. Si ese virus había arrasado al mundo durante tanto tiempo, no iba a derrotarlo yo en diez minutos con tan sólo la ayuda de una cuchara de plástico y una pastilla de jabón revenida. A pesar de sus buenas intenciones y que le quedaba mucha pila, mi verdad era aún muy débil y sólo se apoyaba en un loro que había encontrado por casualidad en un bazar oriental.

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La Burbuja del Altruismo (Cuarentena VII)

Quizá muchos de nosotros pecamos de optimistas al comienzo de la cuarentena. Se pensó que aquel tiempo muerto podría ser idóneo para hacer algo útil: aprender chino, hacer un curso de ganchillo imaginario o darse a la bebida con la excusa de dibujar. Los más intrépidos se decantaron por pintar la casa, planchar y recoger la montaña de ropa limpia, ordenar las estanterías o montar aquel mueble inservible que habían comprado en Ikea por la vergüenza de salir con las manos vacías. En su mayoría, las buenas intenciones se quedaron ahí. Como si fuera un fin de semana que nunca terminaba, la comodidad del trinomio cama, sofá y comida basura se acabó imponiendo como método para combatir la incertidumbre y la desesperación. En algunos casos, la manifestación más creativa fue elegir en qué maratón de series participar o en qué taza de Mr. Wonderful servir la Coca Cola Light.

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El Estrés Social (Confinamiento VI)

Una de las paradojas que se produjo durante la cuarentena fue la proliferación del estrés. Un fenómeno que en parte era fruto de la desmesurada necesidad de socializar. Mientras los médicos recomendaban descanso para fortalecer el sistema inmune, yo exprimía la agenda por encima de mis posibilidades. Durante la jornada de teletrabajo, el teléfono móvil no cesaba de vibrar e iluminarse. Aquellos mensajes aparecían con avisos para atenderlo de forma urgente, pregonando que su contenido era de vital conocimiento.

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La Anormal Normalidad (Cuarentena V)

En el primer fin de semana de reclusión establecí algún tipo de normalidad. Una normalidad que más que a la del Viejo Mundo, se empezaba a parecer a la que todos acataríamos en el Nuevo Mundo. Desperté el domingo como si hubiera pasado toda la noche en tugurios que a precio de oro servían garrafón y proveían un poco de calor. Mi cabeza quería explotar, tenía la boca seca y no sabía muy bien dónde estaba. La saturación informativa, las teorías conspirativas, los primeros rumores de rebelión, la comunicación con todos esos seres que antes no sabía si seguían con vida o habían sido captados por una secta de mindfulness, se combinaban para brindarme la peor de  las jaquecas.

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La Fragilidad (Cuarentena IV)

Al tercer día empecé a intuir que el aislamiento no iba a ser fácil. Me desperté dispuesto a comerme el mundo desde mi minúsculo apartamento en gayumbos y camiseta de Toy Story. En aquellas alturas del encierro, el concepto de higiene personal se había relajado hasta reducirlo a la técnica del lavado gatuno enriquecido con desinfectante. Aproveché que el loro Huang aún dormía vencido por la resaca de la fiesta de bienvenida. Tenía vagos recuerdos de ambos bailando reggaetón ligeros de ropa y comprando sartenes para hacer huevos fritos con forma de pene a través de la Teletienda. En mi defensa, cabe decir que no quería liarme, que quería ser responsable con el régimen de aislamiento y que fue el loro quien me obligó a beber hasta caer redondo.

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